15 piezas en 3 actos: se abre el telón

A pesar de tener una entrada en el diccionario, como casi todas las palabras que utilizamos habitualmente, la cultura es un concepto alrededor del cual pivotan muchas definiciones. Será que el monoteísmo semántico no convence. Desde lo antropológico a lo erudito, pasando por las alcantarillas, los sótanos, los palcos y los áticos de lo público, la cultura es un cajón de sastre donde caben todas esas cosas que produce el hombre sin una aparente finalidad práctica al entender por práctico un diligente rendimiento crematístico. La palabra cultura es ambivalente y, desde determinados contextos políticos, se percibe o escupe como una palabrota.

 

Delirios argumentales a un lado, provocados por el hecho de no tener una idea nítida a la hora de empezar un texto por escribir, la cultura es ese archipiélago ministerial donde el arte se relaciona con muchas otras disciplinas a través de la yuxtaposición de términos por comas. Y es así como las ¿prácticas artísticas contemporáneas visuales? se colocan al lado de la música, el cine, la literatura o el teatro. Y van juntas pero no de la mano.

 

Ya se sabe que las definiciones son tramposas. Y, además, el complemento perfecto para la vanidad del intelectual meticuloso, que siempre propone las propias para paliar las deficiencias explicatorias de los diccionarios generalistas. Pues bien, reconocida por muchos y execrada por tanto otros, la capacidad del arte contemporáneo a la hora de deglutir y metabolizar cualquier cosa (y cosa o cualquier no pretenden obsequiar con el tono peyorativo del que normalmente se acompaña esta combinación entre adjetivo y sustantivo en lo que concierne al arte) y su disposición a las alianzas estratégicas con otras disciplinas en favor de la dilatación conceptual, no es sorprendente entonces encontrarse con proyectos artísticos como 15 piezas en 3 actos.

 

 

Aquí arte contemporáneo y teatro no van separados por comas. Del mismo modo, tampoco se ubican el uno al lado del otro por yuxtaposición sino que se asocian por simbiosis. Aquí, 15 piezas en 3 actos es tan sencillo como presentar una obra de teatro cuyo material sean 15 proyectos preexistentes de 15 artistas que se presentaron a la última edición del Concurs d’Arts Visuals Premi Miquel Casablancas, en 2011. Combinar ámbitos culturales es habitual, lo complicado es que el matrimonio funcione. En este caso, la pieza teatral que nos propone Sant Andreu Contemporani. Se abre el telón.

 

 

PRIMER ACTO. ESCENA UNO

 

Individuo 1.-¿Cómo funciona una obra de teatro que no es teatro?

 

Individuo 2.- ¿Quién ha dicho que no sea teatro?

 

Individuo 1.- Umm. Quizás tengas razón. Reformulo la pregunta, entonces. (Pausa) ¿Desde dónde analizar una obra de teatro cuyo material son extractos y reformulaciones de proyectos artísticos? ¿Desde la teoría del arte o desde la teoría del teatro?

 

Individuo 2.- Pues, siendo pragmáticos y coherentes, eso depende de cual de las dos domines. Puestos a elegir, el teatro no es lo tuyo. Peca de teatral, como siempre dices.

 

Individuo 1.- Sí, pero, el arte contemporáneo también peca de teatral. Pensemos en la performance. También peca de literario. O de musical. A veces uno no sabe si es literatura o arte, si es arte o es un concierto.

 

Individuo 2.- Puede ser las dos cosas y punto. Los compartimentos estancos simplemente son herramientas para no perderse demasiado a la hora de pensar. El arte es capaz de ser arte siendo muchas otras cosas al mismo tiempo, ¿no?

 

Individuo 1.- Ya… Pero… Todas las anteriores que mencionas siempre se analizan desde el pensamiento crítico en torno al arte. Partes del hecho de que son arte para extraer el resto de vínculos ajenos al arte.

 

Individuo 2.- A día de hoy ¿hay algo a lo que el arte quiera o pueda ser ajeno? Parece que estás teniendo el síndrome”admitir a Picasso”, de si eso era pintura y arte tan sólo porque no era un retrato decimonónico.

 

Individuo 1.- Ya, pero Picasso seguía dentro del lienzo. En fin, nos estamos alejando del tema…

 

Individuo2.- Normal perderse. Pensar es extraviarse.

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Además, Picasso es como el ajo. Repite.

 

 

15 piezas en 3 actos, como tantos otros productos del arte contemporáneo, se olvida de las denominaciones ambiguas y deja bien claro lo que es en su propio título. Lo habitual quizás sería una obra con 15 escenas divididas en 3 actos. Claro que, en el orden de lo frecuente, esa obra de teatro preceptiva tendría un autor y no quince. Como no tendría tres directores de escena, sino uno (más esos ayudantes en la sombra de los que nadie se acuerda a la hora de los aplausos).

 

El hecho de que se autoría sea múltiple y de que su material provenga de proyectos artísticos que no fueron pensados sobre un escenario provoca sin embargo que, si bien la unión entre teatro y arte sale bien parada, las piezas (exceptuando Self-service de Bartomeu Sastre, que debe su continuidad a la intermitencia y reaparición de la pieza a lo largo de toda la obra) sí sigan la ley de la yuxtaposición en escena. 15 piezas en 3 actos podría verse entonces como una obra de teatro en verso a pesar de estar escrita mayormente en prosa. Por aquella gimnasia retórica de ir saltando de una idea en otra haciendo que el lector sujete la estructura con las asociaciones que más le plazcan.

 

El proyecto se acompaña de una publicación que contiene, tanto el guión de cada una de las piezas como la declaración de composición de sus comisarios/directores de escena. Eduardo Hurtado, Rosa Lleó y Zaida Trallero nos advierten, en el statement inaugural, de que “la distribución en tres actos responde a un ejercicio de organización y ritmo escénico, pero no pretende ser definitivo, ni concluyente.” No obstante, una vez en la oscuridad de la sala, las piezas se suceden una tras otra y la separación en esas 3 fracciones facultativas no es tan obvia sobre el escenario como dentro de las páginas del guión. En el caso de que el telón se cerrase a mitad de camino, no nos dimos cuenta. De hecho, si no fuera porque tenemos los apuntes a la hora de hacer el examen sorpresa, no sabríamos donde poner los puntos y a parte en 15 piezas en 3 actos. En el fondo, esta amonestación importa bien poco porque lo que se hace atractivo del proyecto, olvidándonos de su epígrafe estructural, es esa reinterpretación de proyectos artísticos en clave teatral y la autonomía de cada una de las 15 piezas resultantes. Porque es desde esa autonomía desde la cual se hacen descifrables las piezas. Es más, teniendo en cuenta que los actores que aparecen encima del escenario siempre son los mismos y suman dos y medio, se hacen más que suficientes y se echa de menos saber si, como los artistas y comisarios, también tienen nombre y apellidos.

 

Admitiendo que es imposible aislarse de la dictadura del gusto y de que el trabajo de unos artistas gusta más que el de otros, este suma y sigue (hasta contar 15) consigue alojarnos en cada relato, por breves que sean todos ellos. Ya se sabe que lo breve, si lacónico, dos veces bueno. Admitiendo que, no sólo, pero especialmente dentro del proscenio del arte contemporáneo es lícito apelar a las lecturas abiertas, al incierto albedrío del espectador, a que las cosas no sean lo que parecen ser y a otras posibilidades en el orden de lo que se presenta, a veces el espectador también reclama el derecho a una cierta galabana activa, especialmente sentado en una butaca. Admitiendo que, si bien se nos dice que esa disposición no es definitiva o concluyente (las cosas son así pero evidentemente siempre podrían haber sido de otra manera, tanto en la vida como en el arte), hay que tener en cuenta que la obra se presentó al público como un acontecimiento en singular sin las repeticiones habituales del teatro tal y como lo conocemos. Y que es con ese orden con el que estamos obligados a quedarnos. Porque la elección es una responsabilidad que exige compromiso.

 

Céntrandonos en el argumento de los fragmentos que contituyen 15 piezas en 3 actos, nos encontramos con que esta obra de teatro es también un pequeño menú de degustación de los contenidos a los que nos tiene habituado el arte emergente ¿en Catalunya?: desde la denuncia política en la pieza que parte de Distinción de Daniela Ortiz, hasta el absurdo  en la que toma como punto de arranque Haningout de Xavier Martín Llavaneras, pasando por las asiduas reflexiones en torno a lo que conocemos como arte en las piezas de Fermín Jímenez Landa sobre el desarrollo de su proyecto Los Pirineos, Gerard Cuartero siguiendo el Homenaje a Bill Dilworth y Zuhar Iruretagoiena en Ellas; lo literario con ecos de realismo mágico en Aymara Arreaza en sus referencias a Ciudad sin cine y Serafín Álvarez en su relato surgido del proyecto Sun Race; la importancia del proceso como parte de la obra en la explicación del proyecto The Border Desert de Karlos Martínez Bordoy y en la pieza antes mencionada de Jímenez Landa.

 

Sin embargo, dichas dinámicas no son propiedas exclusiva del arte emergente aunque, a la hora de analizarlo, se señalen como factores específicos del contexto. En 15 piezas en 3 actos nos encontramos así mismo con revisiones de la historia en busca de las notas a pie de página que no se incorporan en los manuales de siempre, como sucede en la pieza de Eriz Moreno al desarrollar Projekt Beton. La repetición de un acto cotidiano a modo de performance aparece en la presentación de Self-service de Bartomeu Sastre. Y para completar esta vuelta al teatro en 15 piezas, no podía faltar un musical que, de paso, alude al rancio abolengo de todo esto: la Grecia clásica, con Antoni Hervàs y su introducción al proyecto Weeki Wacheee. Pèplum o Necrópolis Perdida. Cierto misterio y un retorno a lo sucinto de la performance dentro del arte contemporáneo se percibe en la acción desde 5×5= 25.1 y 2 de Nadia Barkate. Las alusiones al pensamiento contemporáneo, desde la semiótica al psicoanálisis, toman el escenario en las referencias a Gaspar Hauser de Alberto García. La representación de una representación y el gusto por la metanarrativa aparecen en la pieza que parte de Cubeer de Aníbal Parada. Y para terminar, tanto en esta secuencia como en la propia obra de teatro, la introducción de un final que habla del fin a raíz de la obra Optimist de Xavier Ristol, apelando directamente al espectador, ese nuevo protagonista del arte.

 

Lo malo de las butacas, además de que no suelen ser tan cómodas como pudieran parecer a priori, es que no permiten ver lo que pasa más allá del escenario o de ese pesado telón que funciona como apertura y cierre de una obra. Desde esa butaca que es todo espectador, tampoco pueden saberse los entresijos de un proceso que, en el caso de 15 piezas en 3 actos, provoca más que curiosidad. Haber asistido al desarrollo y a la transmutación de esos proyectos artísticos en proyectos para teatro es una de las experiencias que, evidentemente, sólo ensayan los que construyen la dramaturgia. Y probablemente un deseo inducido por la tendencia a documentar y dar a conocer los procesos evolutivos de muchas de las prácticas artísticas contemporáneas que deglutimos. Se cierra el telón.

 

 

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