APNEA #4 Conversación con Ian Waelder

 Dan Perjovschi Come Cloud with me

 

SPF   Tú y yo nos hemos conocido por email. Supongo que esto no es nada nuevo en un tiempo en el que la mitad de lo que hacemos consiste en responder mails, ya sean de conocidos o de personas por conocer -que quizás no tengamos jamás delante de nosotros-. Si mal no recuerdo, antes funcionaba de manera opuesta y escribíamos cartas a aquellas personas lo suficientemente cercanas a nosotros como para pasarnos un rato considerable con un bolígrafo y un papel. No quiero parecer nostálgica. Me fascina la intimidad del texto sin cuerpo y la energía de la respuesta potencialmente inmediata. En muchos de esos mails ha aparecido el skateboarding. Porque es algo que practicas y porque es algo que has introducido en tu producción artística de manera explícita. ¿Recuerdas el primer día que te subiste a una tabla? ¿Existe un momento en el que alguien que patina siente que ya sabe patinar o nunca se patina lo suficientemente bien?

 

IW   Así es, ¡y espero que pronto podamos charlar en persona! Yo no tengo mucha idea de lo que significa haber vivido esa época de mandar cartas. El único recuerdo que tengo de escribir cartas  -además de a Papa Noel o a los Reyes Magos-  es cuando me fui unos meses a conocer a mi familia en California y me mandaba cartas con mi padre, que estaba en Mallorca. Pero aún así ya nos mandábamos e-mails que, al fin y al cabo, viene a ser lo mismo pero con esa inmediatez que mencionas. Cambia el proceso pero el resultado es igual, sólo se pierde la parte matérica u objetual de todo lo que incluye el hecho de que te llegue una carta. Y esto es curioso porque es justo ahora que me siento algo cansado -o que veo esto de los mensajes de whatsapp, etc, como algo muy rutinario y normal- que comienzo a mandar cartas y cada vez que viajo envío alguna postal. Me gusta hacerlo. Tengo una serie de trabajos donde hago que mis fotos pasen por todo el proceso de ser enviadas por correo postal. Es algo que realmente no he vivido y que ahora veo como una novedad. Las señoras que trabajan en la oficina de Correos a la que suelo ir me conocen y me preguntan “qué tal todo” o me dicen que a ver qué voy a mandar esta vez. Puede que todo lo que acabo de decir sea muy obvio, pero bueno. Es algo de lo que me gusta ser consciente, porque es tener constancia de los diferentes tiempos que hay detrás de los diferentes procesos. Quizás por eso, entre otras cosas, me fascina tanto el trabajo de On Kawara.

 

Sobre lo que dices del monopatín, sí, es algo que sin duda me ha hecho repensar muchas cosas tras llevar unos diez años practicándolo, con algunas pausas por dedicar más tiempo últimamente a esto que llamamos arte. En algunos trabajos se puede ver la referencia al skate de una manera más explícita, por los materiales empleados o la temática expuesta (como en mi última exposición, donde el elemento común son ruedas usadas y todo gira en torno a la historia de un patinador);  en otras obras, considero ya que no hay ninguna referencia formal, aunque para mí haya algo sobre el monopatín por la forma en la que planteo cada obra y su manera de ser. Evito utilizar la forma madre, que sería la tabla. No me interesa mostrar el monopatín como objeto o imagen, ya que se me haría muy obvio. Del monopatín me quedo más con cuestiones que tienen que ver con cómo afecta nuestra manera de ver y de utilizar el entorno urbano y con el uso y fragilidad de los materiales que se emplean. Tampoco trato de encasillarme como “un artista que habla de skate”. El patín plantea una infinidad de cosas: desde la fragilidad del propio cuerpo al uso de los materiales o el paso del tiempo y la degradación de las cosas, pasando por la arquitectura  -cómo convivimos con ella y hasta qué punto la utilizamos o no-, la existencia del espacio público, el sonido, planteamientos invasivos, el concepto de caída, fracaso o error… Y así una larga lista. Algunas de ellas son cosas en las que voy profundizando y que termino relacionando con lo que hago. Son cosas que, sencillamente, he vivido durante toda mi adolescencia y de las que he tomado consciencia con el tiempo, sólo que ahora las estudio e introduzco en mi trabajo.

 

Recuerdo la primera vez que me subí en una tabla, aunque lo hice sentado porque me daba miedo caerme. Tenía unos 5 años. En mi primer viaje a California mi tío me regaló una tabla Powell Peralta de Steve Caballero (algo que no supe hasta hace unos años, cuando me enteré del valor histórico que tenía ese modelo de tabla, aunque ya fuese muy tarde porque mi madre la había tirado, ya que el patín estaba muerto de asco en el jardín. Mea culpa. Me duele mucho tener que recordar esto). Claro, para mi era gigante y tenía la sensación de estar en un ferry con ruedas en el que poder ir sobre asfalto. Estuve dando vueltas en la acera de enfrente de su casa, bajo la atenta mirada de mi madre que tenía miedo de que me secuestrasen (parece ser que en Estados Unidos siempre se piensa que cualquier momento del día es posible que tu hijo sea secuestrado). Al volver a España me olvidé un poco del tema, la usaba para bajar cuestas y poco más. Luego me metí a jugar a fútbol hasta que, con unos 11 años, a mi vecino y mejor amigo Martín le regalaron por navidad una tabla con una forma de la época, que es la que se utiliza ahora.  Nos la turnábamos y nos remolcábamos con la bici tratando de ir cada vez más y más rápido. Al mes siguiente, mis padres me compraron una tabla del Decathlon que me duró un año por lo menos y que era un auténtico cartón. Pero me daba igual, ya que yo consideraba que la tabla era nueva cuando el gráfico de debajo estaba nuevo. Entonces, cada vez que se rayaba mucho el gráfico, cogía los sprays de mi padre y volvía a pintar la madera con un dibujo nuevo que yo me inventaba. Y así tenía mi tabla impecable, aunque la madera estuviese ya en estado de descomposición. Puede que esas fueran mis primeras obras (risas). En un cumpleaños me regalaron una tabla de calidad y supongo que fue entonces cuando empecé a patinar “de verdad”. Entonces le robaba la cámara de vídeo de Hi8 a mi padre para grabar las bajadas de las cuestas y los pocos trucos que sabíamos hacer. La cámara terminó rota. Creo que esa fue la mejor época de mi infancia. Nada me hacía más feliz que ir sobre esas cuatro ruedas y es una sensación que me persigue hasta ahora, por mucho que no patine tanto como patinaba hasta hace unos años.

 

Yo creo que sí que existe ese momento en el que uno es consciente de que “sabe” patinar. Es decir, se llega a tener un nivel estándar donde, a partir de ahí, todo es cuestión de constancia y de ir progresando. Luego existen casos paranormales de gente que parece que tiene superpoderes y desafía cualquier ley de la física con lo que llegan a hacer. Pero esto ya es otro terreno. Lo que sí que está claro es cuando uno sabe que no va a ser capaz de llegar a ese nivel. Por lo tanto, tan sólo hay que tratar de pasarlo bien y saber en qué lugar está uno. Para algunos basta con tener equilibrio y así desplazarse con la tabla, sin más; para otros, como yo, pues basta con tener una base de maniobras que luego puedes combinar con otras, y así poder saltar y destrozar con disfrute el mobiliario urbano. Patinar es como la danza, es aprender diferentes movimientos. Supongo que cuantos más aprendes, mejor te lo pasas combinándolos y coordinándote frente a los diferentes elementos que encuentras. Es muy divertido y creativo. Hoy, a un amigo se le ocurrió una manera de combinar un salto en unas escaleras para, inmediatamente, esquivar un obstáculo que había colocado a pocos segundos de la caída a propósito. Generaba un ritmo muy interesante y le felicité por la idea porque me pareció muy buena. Mi manera de felicitarlo se parecía a cuando felicitas a un amigo o  amiga artista que acaba de hacer una obra que me parece muy buena. Creo que se me quedó mirando con una cara un poco rara (risas).

 

SFP   Desde hace unos años parece que las postales han resurgido con fuerza. En Barcelona han aparecido muchas con imágenes que podrían estar en muchos perfiles de instagram y que demuestran, de nuevo, lo atenta que está la ciudad en todo aquello que tiene que ver con el turista. Sin embargo, yo tengo predilección por aquellas postales de los años 70 en las que aparecen gasolineras, piscinas, puentes, rotondas y que son una demostración visual de una idea de progreso asociada a la ingeniería civil y al tránsito. Se me ocurre una serie de postales de obras urbanas, por ejemplo, de la M-30 de Madrid. O de zanjas en grandes avenidas. Durante un tiempo yo me hacía mis propias postales. Quizás eran un pronóstico involuntario de los filtros de la fotografía amateur actual pero con un sistema muy rudimentario. Compraba carretes de diapositivas y los revelaba en C-41. Hace no tanto fui a correos a enviar un telegrama, poniendo en práctica esa máxima tan posmoderna de McLuhan de que “el medio es el mensaje”. La persona que me atendió me dijo que en todos los años que llevaba trabajando en correos nunca había puesto un telegrama y que tenía que consultar cómo se hacía. Este tipo de situaciones me hacen pensar en cómo nuestros actos pueden convertirse fácilmente en anécdotas dentro de conversaciones de personas que no conocemos ni conoceremos. Y es así como uno acaba siendo “la persona que hoy fue a correos a poner un telegrama”.

 

Volviendo al monopatín, he leído en alguna parte que se te define como artista-skater. Los peligros del monopatín son varios, por lo que veo. Desde romperte algún hueso a que se convierta en etiqueta-estigma de lo que haces. Supongo que enlaza con esa tradición contemporánea de subsumir al artista dentro de otras profesiones. El artista-científico, el artista-etnógrafo, el artista-historiador, el artista-antropólogo, hasta llegar al artista-skater,que se aleja bastante de esta clasificación que vincula al artista con diversos tipos de academia. Yo no tengo tan claro que seas artista-skater. Quizás si hicieses performance sobre una tabla con ruedas, tendría sentido esta asimilación (risas). Aunque seguro que hay videos tuyos patinando en internet. Creo que la unión va más allá de que, personalmente, también patines o de que aparezcan elementos materiales del skateboarding en tu trabajo. Y esto lo digo por todas esas analogías con las que me has explicado tu última exposición “Believe me, I tried”. En cómo es posible comparar el funcionamiento del mundo del monopatín con el del arte y en cómo la actitud del artista puede ser muy similar a la del skater con respecto a aquello que le obsesiona. Como ya sabes, a mí me da cierta envidia esa obstinación de muchos skaters que hace que se pasen horas, días, años, ejecutando los mismos movimientos hasta que consiguen lo que buscan. ¿Encuentras una obstinación parecida en el arte?

 

IW   Hostia, flipo con lo del telegrama (risas). Me encantaría ver alguna de esas postales tuyas que me comentas. A mi me gustan las postales frikis. Una de las más chungas, en ese sentido, se la envié a una amiga desde Helsinki y era una foto de un hooligan borracho y rodeado de botellas de vodka. Tenía su encanto la foto. Luego, pues no sé… Voy pillando postales de lugares que visito. Museos, catedrales o iglesias y cosas así. Si voy a un sitio que me gusta y vende postales, pues trato de pillarme una. Me gusta recolectar todo tipo de cosas de cada viaje. Cada vez que deshago la mochila al llegar a mi habitación, el suelo termina lleno de papeles de todo tipo, desde folletos de exposiciones a tickets de autobús y de metro o tickets de compra de algún supermercado. Y casi todo termina pegado en mi pared. De mi último viaje a Ámsterdam me traje un pollito de cristal de unos 3 cm que le compré a un señor que, creo, era vagabundo, en el Barrio Rojo (ir al Barrio Rojo a comprar pollitos de cristal, sí) y, aparte de todo ese tipo de papeles que te he comentado, me traje también un cigarro que me ofreció un tipo nada más llegar. Me pidió fuego y, como suelo llevar encima un mechero que me regalaron en Lalín hace un par de años (viaje que hice en compañía de Ángel Calvo Ulloa y su hermano Misha Bies Golas), se lo dejé y a cambio me dio un cigarro. Yo ni siquiera fumo, pero me pareció una especie de obsequio de bienvenida y lo acepté. Ahora lo tengo en una de las estanterías de mi cuarto. Supongo que para ese tío debo de ser “el chaval aquel que me dejó un mechero con el dibujo de una tía semidesnuda en la estación de tren”.  Pero bueno, eso ya lo habrá olvidado. No se puede comparar con lo del telegrama. Me gusta coleccionar objetos que derivan de alguna situación así. Y algunos, como el mechero, los llevo encima cuando salgo de casa.  Es como si me hiciesen compañía (risas). Tengo un collar que es una tabla de skate de madera que tallé en una clase de 3 de la ESO y lo llevo colgado desde entonces. Creo que hará unos… Uff, no sé ¿7 años? que lo llevo encima. Ni idea. Entre que repetí un par de cursos y tal, ya he perdido la cuenta. ¡No sé por qué te cuento todo esto! (risas)

 

Volviendo al monopatín y lo que me comentas, de alguna manera sí que es cierto eso de “artista-skater” o, al menos, es inevitable mencionarlo cuando mis últimas exposiciones tratan sobre ell tema. Pero tampoco es algo que me gustaría que se quedase asociado a mí como una marca, ya que lo que rodea ese mundo es algo muy amplio y con una infinidad de interpretaciones. Además, la palabra “skater” no me gusta. Ya hemos hablado en alguna ocasión sobre palabras que nos gustan (risas). Hace poco participé en una colectiva titulada “Queso de cobra” . No sólo estoy muy contento de cómo quedó, sino que también soy muy fan de los artistas que me acompañaban. El nexo común era que los artistas que exponáimos tratábamos el tema del skate de una forma u otra en nuestro trabajo. Se mostró en Santiago de Compostela, en el estudio de Manuel Eirís, quien en varias ocasiones ha hecho proyectos relacionados con cuestiones que tienen que ver con el monopatín (y que molan mucho). La organizó él, junto con Misha Bies Golas, y se publicó un fanzine que quedó de lujo y que hicimos entre todos aportando lo que nos daba la gana. Ahí estaban Mauro Cerqueira, Juan López, Ion Macareno y Pierre Descamps. Descamps tiene una manera de introducir el skate en su trabajo que me gusta mucho. Suecede con su trabajo -o con el de Raphaël Zarka-  que uno puede ver simplemente diferentes formas escultóricas. Pero si patinas, comprendes que ahí hay mucho más y que puedes adentrarte en ellas de una manera muy cercana.

 

En cierto modo, creo que siempre ha habido esa separación de artista-etnógrafo, artista-arquitecto, etc que comentas. Lo que sucede ahora, casi como una norma general, es que los artistas salen de la universidad habiendo estudiado una sola carrera. De algún modo tienen que buscar de lo que hablar y con lo que construir su statement. Entonces, al no tener ese interés paralelo, entiendo que a veces puede resultar difícil dar con algo con lo que uno se siente cómodo trabajando y seguir una vía de investigación. Lo que ahora percibo es que muchos artistas salen de la carrera con un gran interés por el arte digital o por cuestiones que derivan de Internet y de la tecnología, ya que son nativos del medio y se han ido alimentando de todo este mundo. Puede que antes los artistas viniesen de todas partes, sin dar tanta importancia a una formación académica. Estaban infuenciados por su experiencia en una vida campesina, en la literatura, la política, el cine, la publicidad, la música, etc. Por ejemplo, Duchamp era un artista-ajedrecista. Es interesante cómo hablaba del ajedrez y de las relaciones que hay entre su obra y ese juego de mesa. Todavía, con el tiempo, se siguen descifrando planteamientos de sus obras como si fueran jugadas suyas a largo plazo, ¿no crees?  Me gusta el caso de Ignacio Uriarte, quien incorpora toda su experiencia de la rutina de oficina a su trabajo, o el caso de Pep Vidal con las matemáticas. Lo único que yo hago como artista  -y como persona-  es aportar a mi trabajo aquello que he vivido/vivo y de lo que puedo hablar gracias a una experiencia propia. A partir de ahí, se trata de investigar aquello que voy sacando de aquí y de ver hasta dónde consigo llevar cada cosa. Al incorporarlo al contexto del arte se transforma en algo totalmente nuevo. Esto me interesa mucho porque, de un gesto que yo remarco con una intención, el espectador puede interpretar algo diferente que yo jamás hubiera pensado. Y cuando eso ocurre, mola.

 

Sí que veo una obstinación como la que comentas del skate, en el arte. He visto a colegas llegar a golpearse la cabeza y perder la consciencia tratando de hacer un truco en un pasamanos de varias escaleras, pero volver a intentarlo la semana siguiente y así sucesivamente, hasta conseguirlo. Hay muchos artistas que, de una forma u otra, siguen un proceso similar a la hora de trabajar.  Veo mucho, sobre todo en pintura o escultura, que esto puede llegar a convertirse en una práctica de darse de hostias un día tras otro hasta conseguir dar con el resultado final. No digo que no pase con otras disciplinas como el vídeo, la fotografía, o cualquier otra, pero lo veo más en escultura porque es un trabajo más físico y sucio y que, por este motivo, tiene una relación más directa con el hecho de caerse en medio de la calle una y otra vez. Yo, en cierto modo me contradigo un poco, ya que esa tozudez a la hora de repetir los mismos movimientos una y otra vez patinando, no me acompaña siempre cuando trabajo. No me gusta repetirme mucho.

 

David Shrigley – Brain Activity

 

SFP   A veces me asaltan las dudas de si el arte debe pasar por la academia, si tiene sentido una facultad de Bellas Artes o, más bien, si los másters en arte son para la formación del artista o son una estrategia para crear clases sociales dentro del arte. Los másters son una especie de pasaporte. Los hay que funcionan como salvoconducto y los hay que funcionan como tarjeta de visita.  Creo también que existe un mito de libertad un tanto falso con respecto a los artistas del pasado. Evidentemente, ninguno de ellos estudió un MFA  y personas como Duchamp no se pasaron la mitad de sus horas redactando dossieres para convocatorias ni tuvieron que vérselas con un resumen de sí mismos en forma de statement. Quizás el statement de Duchamp podría ser su epitafio. “Al final son los demás los que se mueren”. Quizás los artistas del pasado pertenecen a la modalidad no académica y más a aquella que tiene que ver con el hecho de pertenecer a un contexto familiar y social donde el arte y la cultura son tan habituales como lo es el fútbol en otros. Como ya estarás imaginando ahora es cuándo te pregunto cómo se llega a ser artista en el presente sin haber ido a la universidad, algo que parece casi de ciencia-ficción y que demuestra lo habituados que estamos a las carreras de relevos académicas en las que uno nunca es profesional, pero casi. Entiendo la necesidad de que se nos considere profesionales y del estigma que padece el arte con respecto a otras formas de cultura que nadie cuestiona tanto. Pero la tríada profesional-profesionalización-profesionalidad es un arma de doble filo. Volviendo al monopatín, palabra mucho más divertida que skate, no puedo evitar esas comparaciones que no siempre son odiosas.  ¿Qué es un skater profesional? Quizás el skateboarding es, dentro del deporte, lo que es el arte dentro de la cultura. Aunque -de momento- no hay másters ni facultades de skateboarding. Hace poco me comentaron la reticencia de muchos patinadores a hacer del skateboarding un deporte olímpico y me hizo pensar en que la reticencia a una supuesta profesionalización es también una lucha por esas no tan pequeñas libertades que están en hacer las cosas sin un decálogo de normas, títulos y premios. Aunque también creo que todo outsider es aclamado como tal desde el mundo al que se opone y no tanto por el mundo al que supuestamente pertenece.

 

IW   Yo creo muchísimo en la educación. Creo que es la única solución a largo plazo contra toda la incultura e ignorancia que nos gobierna y que es lo que vota la mayoría. Veo indispensable que en las escuelas, ya en primaria, se plantee una asignatura (si es que se piensa seguir educando mediante asignaturas, que espero que no) dedicada a la cultura y al arte. Esos niños y niñas son los que en un futuro visitarán los museos, las galerías… Serán los artistas, críticos, comisarios, los que irán al teatro, a los conciertos, serán los políticos que tomen decisiones que afectan a nuestro sector, serán los coleccionistas, galeristas, gestores, etc. No es suficiente con una asignatura de plástica, atragantando a los chavales para que entreguen láminas con ejercicios de escalas de colores  -sin ni siquiera plantearles el por qué de tal ejercicio- o ponerlos a tocar la flauta en música. Sería genial introducir el arte contemporáneo en las clases. Es una lástima pensar que esto no va a cambiar mientras estén en el poder políticos que cambian el sistema educativo a su conveniencia cada cuatro años y que, por lo tanto, hacen que este no avance, quedándose muy atrás.

 

Ahora bien, te hablo de educación desde el principio, en pequeñas dosis. Si hablamos de universidad y de másters -o academia, como tú dices- veo necesario que existan, por supuesto, pero no veo necesario que sean una obligación para el artista. Cosas como “tú no puedes ser artista o hacer estas obras sin haber pasado por la universidad”, son una estupidez. No ir a la universidad no quiere decir que uno no estudie. Como decía Asimov, cada persona tiene sus maneras y sus tiempos, y hoy en día todo lo que se plantea en la universidad es accesible de una manera u otra. Yo no he pasado por una carrera, pero me siento privilegiado porque pertenezco a una familia donde siempre se ha hablado de arte de una forma muy natural y eso es algo que me ha ayudado mucho. Hay gente que no ha tenido esto o que, por el hecho de estar interesados en arte, se han convertido en los raros de la familia (o no). Por lo tanto, lo más normal e inteligente es querer hacer una carrera y aquí es donde tiene todo el sentido que haya una facultad de Bellas Artes que pueda enseñar y potenciar de la mejor manera los intereses artísticos de cada persona, además de ponerla en contexto con la historia del arte. Yo siempre quise hacer una carrera, pero ya durante la secundaria dejé de creer en el sistema educativo español y, al llegar a bachillerato, ni te cuento…  Aunque me decían que “tenía que pasar por el aro”, yo sentía que pasar por “ese aro” significaba perder el tiempo, así que consideré que tenía mejores cosas que hacer ya que la escuela no me proporcionaría lo que a mi me interesaba aprender. Ya entonces salía por ahí a sacar fotografías, ver exposiciones,  leer aquello que se me hacía interesante y poder aprender sobre la marcha… Bueno, también salía a patinar.

 

Sería pretencioso por mi parte decir que en las universidades no se aprende nada, que son inútiles o algo similar, ya que yo no he pasado por las aulas. Por lo que veo y me comenta la gente que sale de ellas, en España, la manera de enseñar forma a futuros profesores o técnicos de bellas artes, más que formar a artistas. De lo que sí que estoy seguro es de que los másters son un negocio más. Tal y como está planteado el sistema, todo el mundo puede estar licenciado (que, por lo que cuesta, ya es jodido), pero sólo aquellos que puedan pagar unos miles de euros más tendrán su máster en la universidad de moda con su sello de “mejor universidad de arte del momento”. Y aquí estoy de acuerdo contigo en que sirven como pasaporte o tarjeta de visita. Y, además, generan clases sociales. Sin duda se aprende, pero los precios son excesivos y no todo el mundo se los puede permitir. Tengo un conocido que es un gran artista -da clases en la Slade School of Fine Arts de Londres- y me contó hace poco cómo la gente termina su carrera con deudas de por vida y cómo las universidades se interesan más por aquellos alumnos que vienen de más lejos y, por lo tanto, tienen que pagar más dinero por estar en ellas. Es impresionante. Son cosas que se saben, pero impacta mucho cuando quien te lo dice viene de dentro. Hay un documental de la BBC sobre Goldsmiths que pone la piel de gallina. Tras los resultados de las elecciones en Inglaterra, todo apunta a que la situación empeorará. Yo dejé de ir a clase en el último curso de bachillerato y todo lo que aprendo lo hago leyendo libros, viendo exposiciones, checkeando internet, viajando, trabajando en mis cosas y sobretodo, conociendo a otros artistas y agentes del sector que ya llevan tiempo trabajando en esto. Lo que lo debe mover a uno es la necesidad. Todo lo que he mencionado son cosas que funcionan como mis mejores profesores. Lo bueno que tiene estar en la universidad es que te sitúa en un contexto con otros alumnos que tienen intereses similares a los tuyos, te proporciona contactos y te ayuda a moverte. Tampoco le diría a alguien que deje de ir a clase o que no vaya a la universidad. Eso ya es cosa de cada uno. Considero que yo he tenido suerte y que, además, me ha ayudado mucho estar trabajando con una galería. Ha sido un gran empujón. La galería L21 se ha ocupado de mover mi trabajo desde el primer día en que empecé a trabajar con ellos y, desde que estoy en ella, no hay mes que no esté trabajando en algún proyecto. Y con mucho gusto. El caso de la L21 es curioso, ya que la gran mayoría de los que estamos representados somos artistas con pocos años de carrera y que nunca antes habíamos trabajado con una galería. Es algo que nos ha juntado y creo que aprendemos mucho los unos de los otros. Al menos, yo lo hago.

 

Considero que una parte muy grande del hecho de ser profesional como artista, además de la rutina/disciplina de trabajar en el estudio, es la parte más administrativa: contestar e-mails, hacer dossiers de proyectos para presentar a becas, premios o residencias, cumplir los plazos de las exposiciones, tener tu trabajo bien documentado con fotos y fichas técnicas, etc. La verdad es que todo esto me quita más tiempo que ensuciarme las manos produciendo obra. ¡Ya quisiera tener un asistente que se encargase de todas esas cosas del ordenador! (risas). También es esencial ser firme y exigir unas condiciones dignas cuando a uno le proponen participar en un proyecto. Creo que la gente cada vez es más consciente de que esta precariedad del sector en la que vivimos no tiene sentido, y quiero pensar que dentro de poco la situación cambiará. Tan sólo depende de que todo el mundo, tanto artistas como comisarios, exijan unas buenas condiciones a cambio de mostrar el trabajo realizado. Mientras haya gente dispuesta a regalar su trabajo o gente en cargos importantes que quieran aprovecharse o que simplemente no sean conscientes, la cosa no avanzará mucho a nuestro favor.

 

Pienso lo mismo que tú acerca de que el monopatín es, dentro del deporte, lo que el arte en la cultura. Y eso que para mi ni siquiera es un deporte. Diría que se acerca más a la cultura que al deporte en sí, como lo hace la danza. Un deporte siempre depende de ciertas reglas y el skate no las tiene. Sea cual sea el nivel de cada persona todo es válido, ya que cada uno hará lo que pueda dentro de sus limitaciones y no por eso se es peor que el skater de al lado. A mi no me gustaría ver a gente en monopatín en las Olimpiadas. Sin embargo, se ha generado una especie de Olimpiada del skate llamada Street League, que viene a ser lo mismo. Entiendo que esto sería muy positivo para la industria, pero yo no estaría muy orgulloso. Los deportes olímpicos se basan en la competición y, para mi, el skate es una actividad que huye de eso, por mucho que se hagan competiciones dentro del mundillo y yo haya participado en ellas, además de que siempre se genera un ambiente con mucho colegueo. Se trata más de superación personal que de pretender superar a los demás. Es una cosa de la calle, de quedar con tus colegas e ir a patinar sitios nuevos. Algo totalmente libre. Estar en las Olimpiadas le haría perder su esencia y los chavales tan sólo querrían patinar para estar representando a su país y ser el próximo Rafa Nadal que aparece en anuncios de coches y, aunque es una actitud que puedo llegar a respetar, no creo que el skate trate de eso.

 

Sobre lo que me preguntas del patinador profesional, el pro suele ser aquel skater que patina para una compañía de tablas y que, tras demostrar cierto nivel técnico, esta le concede el status de pro diseñando una tabla con su nombre. A partir de ahí ya empiezan modelos con su nombre con el resto de sponsors que pueda tener:  ruedas, ropa, zapatos, etc. Y evidentemente, reciben un sueldo y viven de ello. O eso es lo que aparenta ser. También ganan una pequeña cantidad por cada producto vendido con su firma. Las obligaciones de un pro suelen ser: quedar para patinar con filmers y fotógrafos de revistas de skate con el fin de aparecer en los medios, viajar e ir sacando partes en vídeo cada cierto tiempo.  Existen varios tipos de pros y lo que comento sucede mayormente en Estados Unidos. En el resto de países es algo más complicado vivir del patín. Sobre las facultades de skate, no existen como tal, pero sí que cada vez hay más escuelas o campamentos de skate donde profesionales o gente con suficiente experiencia enseñan a personas que están empezando. Yo mismo he dado clases de skate a chavales en un casal de barrio durante un tiempo (risas), aunque tan sólo era una hora de clase a la semana. Considero que lo importante de este tipo de clases es enseñar valores, además de técnica. Es muy fácil que a uno, al ser muy joven y tener una gran habilidad, se le suba a la cabeza y se convierta en un estúpido que se cree mejor que el resto. Hay que enseñar a los que empiezan que hoy puedes ser muy bueno, pero que mañana te puedes partir una pierna y no ser nadie. Esto se aplica a todo, también al arte. Lo cierto es que se podría hacer una facultad de skate, no tanto para enseñar a patinar, sino para enseñar su historia, su ética, empresa, diseño industrial, fotografía de skate, cinematografía de skate, arquitectura de skate o diseño de skateparks, etc. Es todo un mundo… Hay una industria millonaria detrás de todo ello que ha sido organizada por los mismos skaters que, en los años 70, 80 o 90,  se dejaban los dientes en el suelo siendo unos chavales. Cada año salen pequeñas compañías nuevas. Conozco a gente que se ha montado su propia marca de skate o su tienda sin haber estudiado un máster de veinte mil euros por curso y les va realmente bien.

 

SFP   Como ya hemos comentado en otras ocasiones, yo del mundo del skate sé lo mismo que esos turistas despistados que entran casi por accidente -por no saber qué otros lugares visitar o por esa imposición cultural sobre el turismo- en un museo o en una galería. Teniendo en cuenta que en Barcelona la mayoría se reúnen en el MACBA, es fácil tropezar -a veces literalmente- con ellos. Pero como sucede con tantas cosas, transitar por un espacio no implica necesariamente llegar a conocerlo. La conexión entre los skaters y el MACBA me hace pensar en el tipo de relaciones que se dan dentro de un ecosistema entre dos especies. Puede que el comensalismo (he tenido que acudir a google para verificar cosas que oí por última vez en la escuela primaria) sea la más acertada, aquella interacción en la que una de las partes se beneficia mientras que la otra ni es beneficiada ni perjudicada. Mientras que los skaters se aprovechan del tipo de arquitectura del museo, no creo que el museo se vea muy afectado más allá del desgaste de ciertos elementos arquitectónicos. Creo que me gustan los centros de arte que se gastan a causa del tiempo o, más bien, a causa de falta de fondos para simular que el tiempo no pasa por ellos. No recuerdo el motivo de que no pudiese entrar en el centro de arte de Viinius hace años, pero persiste todavía lo viejo que lo encontré, sucio incluso. Este abandono hizo que lo sintiese muy próximo, como si la contemporaneidad participase también del concepto de ruina más allá de los proyectos arquitectónicos fracasados. De hecho, hay algo en los proyectos arquitectónicos mastodónticos que me atrae mucho. El hecho de que no cumplan las expectativas que ellos mismos -o quienes los impulsan- proponen, me parece fascinante por su condición de cementerios  del presente o como futuros abandonados en los que aquellos a quienes supuestamente iban dirigidos no quisieron participar, dándoles uso. El Forum de Barcelona es uno de mis sitios favoritos y, ahora que lo pienso, un buen lugar para patinar. De hecho, a veces hay skaters. Pero si me gusta es porque es funcional, en mi caso, como un eco de experiencias que no he vivido, como estar en medio de inmensos restos arqueológicos del Antiguo Egipto o como presenciar apéndices de arquitectura alien en territorio terrestre. Supongo que tu relación con la arquitectura es bastante intensa. Y no tanto por el monopatín, que también, sino por la escultura y su dimensión espacial. ¿Te consideras escultor?
IW   Mmmm, no. No diría que me considero escultor tal cual, aunque sí que es una de mis facetas como artista, al igual que la de fotógrafo. Mi obra comenzó por la fotografía y ha derivado en esculturas o trabajos donde se complementan tanto la imagen como el volumen. Yo comencé siendo un tipo que solamente hacía fotos. Me alimentaba mucho de la cultura fotográfica hasta que llegué a aburrirme de lo que hacía y de ver tanta fotografía, ya que estaba condicionado por una serie de normas que no me dejaban salir del marco y del odioso papel Hahnemüle. Entonces, poco a poco, fui dándome cuenta de que la foto en sí, el papel, ya era algo objetual y, desde aquí, empecé a tomar consciencia de los materiales y de lo que significa el uso de cada cosa. Me tomé un tiempo para leer sobre estas cuestiones y para conocer la obra de otros artistas, siendo aquí cuando comenzó a evolucionar todo, incluso lo que hago ahora, por hacerte un resumen muy rápido. Al decirte esto, recuerdo una exposición que vi hace años en la L21 de Palma que se titulaba “Escultura” y en la que lo primero que veías al entrar era una obra de Antonio González, un cuadro negro de 2×2 con diferentes texturas y pensé: “hostia puta, ¡claro que sí!” De hecho, lo único que recuerdo de esa exposición es ese momento.

 

Es interesante lo que comentas del abandono. Yo siento también cierta proximidad cuando me encuentro en lugares así. Es como que la memoria del espacio respira ahí mismo, sobre tí, y te cuenta cosas. Los lugares impolutos siempre resultan fríos y distantes. Mi mejor experiencia en este sentido y que puede resultar obvia porque me estoy yendo al extremo, sucedió en Pompeya. El hecho de recorrer las calles y entrar en las casas tal y como se quedaron tras la erupción del volcán, era increíble. Podías  imaginarte a los ciudadanos de aquella época pasando a tu lado y escuchar las voces que se habían quedado entre todas esas paredes. Recuerdo empezar a cavar con una cuchara en la tierra y sacar trozos de un jarrón que comencé a tratar de reconstruir. Svankmajer es un artista que insiste mucho en estas cuestiones sobre la memoria de los objetos, que te ofrecen mucha información con sus marcas y desgastes originados por el paso de ciertas experiencias o del tiempo mismo, y es tu imaginación la que hace el resto. Por eso, él dice que los objetos tienen más memoria que las personas. Hoy en día pasa lo mismo que en Pompeya cuando visitas esas construcciones mastodónticas que comentas, que te imaginas a Jaume Matas babeando con el rey de España y el resto de políticos de turno de aquel momento, cortando la cinta inaugural y bebiendo champán. Ahora tan sólo pasan arbustos del desierto con una banda sonora de Ennio Morricone.

 

El caso que comentas del MACBA es muy curioso. La gente se sorprendería al saber que millones (¡millones!) de personas de todo el mundo conocen el MACBA más por su función como espacio para patinar, que por su función como museo. Incluso sale en un videojuego de skate. La plaza del museo, junto con el Forum, la plaça de Sants o Paral·lel, ha sido un lugar imprescindible a la hora de convertir Barcelona en la meca del skate a nivel internacional, dejando a San Francisco en un segundo lugar. Mientras que el MACBA es un lugar destacable como edificio, ocurre con muchos lugares – bordillos bajo el rótulo de algún bar, una barra pasamanos de algún centro comercial, etc- que pasan desapercibidos para la gente de a pie, pero que en nuestro mundo paralelo son spots famosos que se reconocen como míticos. Es gracioso que para la gente no sea más que un banco donde sentarse, que forma parte del mobiliario urbano, y que ahí se terminan todas sus posibilidades de uso. Barcelona tiene esa parte increíble, que parece que esté diseñada para ser patinada. Es lo que ofrece su arquitectura, con cada plaza nueva que se pude patinar, ya que la ciudad está hecha con planos inclinados, suelo liso y bordillos de mármol o bancos de madera. Es muy interesante lo que escribe Raphaël Zarka en “The Forbidden Conjuction”, refiriéndose a esto que me comentas del MACBA, sobre cómo la gente que patina reduce la ciudad a su esencia, es decir, a sus materiales y formas. El museo puede representar todo el poder que tenga como institución mediante ese edificio, pero a la hora de patinar eso importa poco, por no decir nada, y lo único que tiene de valioso el lugar son esos excelentes bordillos de mármol que deslizan las tablas como la mantequilla y la cantidad de combinaciones que ofrece la disposición de estos. Mientras tanto, dentro tienes a Matta-Clark esperando una visita (risas). Lo mismo sucede, por ejemplo, con la escultura de Oteiza que hay fuera, que también se patina (hay también un spot mítico que es una escultura de Francesc Torres y tiene forma de rampa). Un amante del arte se puede escandalizar al ver a un tipo subido ahí, pero yo lo veo como una manera muy digna de valorar la forma de esa escultura y de analizarla, aunque entiendo que a la gente no le pueda hacer mucha gracia y muchos de los que patinan ni siquiera son conscientes de ello. El mismo Zarka tiene una obra que es una recopilación de fotos de skaters patinando esculturas públicas. De esto me di cuenta en la ESO, cuando un escultor cedió una obra suya para el hall del instituto. Tenía unas formas muy curiosas y su idea era que los alumnos pudieran interactuar con la escultura sentándose o tumbándose encima (era muy cómoda), pasando debajo de ella, etc, con tal de analizarla y valorarla de una forma física. Recuerdo que la señora de secretaría nos echaba la bronca en plan “¡no juguéis con la escultura!” y nosotros teníamos el poder de decirle “¡el artista nos deja jugar con ella!”.

 

thunder templeton sect

 

SFP    Normalmente me suele pasar con la música, o soy más consciente con ella, esa situación en la que, apenas descubres algo, empiezas a verlo o a ver referencias a ello por todas partes. Descubres un músico y de repente parece que todas las cosas apuntan a él: carteles en la calle, textos en internet, comentarios de terceros… Y no es tanto que aparezca de repente o de la nada, sino que todo nuevo descubrimiento en nuestras vidas amplía la cantidad de información a la que prestamos atención en un mundo donde la selección informativa es una cuestión de supervivencia y salubridad mental. De hecho, actualmente me gustan los libros por una cuestión muy contemporánea: su ausencia de hipervínculos más allá de las conexiones que se disparan gracias a la actualización constante de nuestra memoria. Otra cosa es la fuerza de voluntad para permanecer en la hoja de papel porque cualquier excusa es buena para volver a quedarse varado en internet. Me pasó el otro día contigo y con  la relación arte – skateboarding al ir a la exposición Formas de lo cotidiano en la galería Estrany – de la Mota. Había dos trabajos, The  Culture Lovers de Juan Pérez Agirregoikoa y Bajada (everybody gives up soon or later) de Arrieta/Vázquez, en los que aparecía la cuestión del skate. El primero consistía en un video con dibujos animados que se centraba en la ambivalencia “dentro/afuera” del skateboarding dentro del sistema cultural capitalista. El segundo, también en video, documentaba el descenso épico de varios skaters por una colina “natural”. La gran proeza, dicho sin ironía, estaba en no caerse de la tabla, algo considerablemente difícil de conseguir cuando no es cemento lo que el patinador tiene debajo de su tabla. Como bien dices tú, parece que Barcelona esté hecha para patinar. La otra cara de esta idea es que Barcelona es una ciudad de asfalto y de cemento. Una ciudad hecha para el tránsito de sus espacios y no para la permanencia en ellos. Pero el problema no es tanto el cemento como la normativa paternalista en cuanto al espacio público. Supongo que has patinado en el MACBA. Supongo también que debe dar cierto vértigo patinar delante de tanta gente que cruza el mundo para patinar allí, para mirar y para ser vistos. Quizás esto da más vértigo que exponer dentro de un museo que no es la meca del arte.

 

Cuando empezamos esta conversación debo confesarte que una de mis intenciones era no hablar apenas skateboarding. Como puedes ver, lo he hecho fatal (risas). Sólo me falta pedirte que me enseñes a patinar, un deseo que ya he enunciado públicamente en otro texto. Siempre he usado la excusa de ser demasiado mayor para no hacerlo nunca. Recientemente una chica me comentó que mi pretexto no era válido, pues ella empezó a patinar “tarde”, a los 35 años. Supongo que mi deseo conecta con una larga tradición de deseos personales que tienen que ver con injerencias dentro de aquello marcadamente masculino. Teniendo en cuenta que estudié Historia del Arte y de que el 80% éramos chicas, puede decirse que no he tenido mucho éxito en la consecución de ciertos deseos. Puede que sea precipitado hacerte esta pregunta ahora y no dentro de unas décadas, pero me gustaría terminar haciéndote una pregunta con la que Hans Ulrich Obrist suele empezar algunas de sus entrevistas. Aunque, ahora que lo pienso, creo que es mejor reformularla: ¿hay algún proyecto que creas que no vas a poder realizar nunca, que termine por convertirse en tu utopía personal?

 

IW  Estuve mirando información sobre esa exposición en Internet y pinta muy bien. ¡No conocía a los artistas que me mencionas! Barcelona, o más bien las ciudades de hoy en día, son bien curiosas. Hablábamos de ello en un taller sobre Arte urbano que daba Jordi Pallarés en el museo Es Baluard, en Palma, quien me invitó a una especie de mesa redonda junto con unos arquitectos. Dijeron cosas muy interesantes sobre eso que llamamos espacio público que, a fin de cuentas, no deja de ser una especie de ilusión, porque si nos ponemos a testear nos daremos cuenta de las pocas cosas que podemos hacer en la calle. El restaurante de la esquina con su terraza y su menú a 30 euros o la gente que transita en coche es más importante que el ciudadano de a pie y, al final, la manera de entender la ciudad se vuelve muy poco humana.

 

La pregunta reformulada que me haces a lo Obrist es bien complicada (risas). Si hablamos de artes visuales, la verdad es que no tengo nada pensado de esa manera utópica. Aunque me propusiera mandar una escultura a la luna, lo veo incluso posible y, por lo tanto, queda descartado de mi utopía personal (siempre que pienso en algo imposible, termino en el espacio). Pero si nos alejamos de las artes plásticas y nos vamos a la música, ya que la mencionas, sí que tengo un proyecto que creo que no voy a poder realizar nunca por falta de habilidad, tiempo y, sobretodo, disciplina (si tu excusa es ser demasiado mayor, la mía siempre es la de no tener tiempo mental). Una utopía personal sería tener una banda como los Pixies, pero a lo cutre (risas). Escribiría letras -entre tristes, violentas y burlonas- sobre el arte, inspirado en la ironía de los Artoons de Pablo Helguera. No sé, imagínate una canción sobre la estética relacional o la historia de un artista que sale de la universidad y dispara a Bourriaud en diferentes partes del cuerpo tratando de matarlo, pero no puede por una extraña razón que no se llega a comprender (te digo lo primero que se me ocurre), con la voz de Black Francis y los acompañamientos de Kim Deal. O más simple y tonto, versiones cambiando partes de la canción. Un Mr.Hirst, Where is my gallery? o Curator gone to heaven. Algo muy absurdo. Me gustan mucho las cosas absurdas. Aunque, cuando he pensado en esta banda, me la imagino también con un rollo Pavement y las melodías cursilonas de Stephen Malkmus. Así que nada, tendría que montarme una banda paralela. En Valencia conocí a Pil&Galia, (hablando de hacer versiones cambiando palabras) un dúo de artistas que viven y trabajan en Londres, y que tienen un proyecto que se llama WE. Tocan covers de diferentes bandas donde una parte importante de la canción contenga un “I” y la intercambian por un “WE”. En Santiago de Chile conocí a Ignacio Gumucio, un artista muy interesante y divertido que tiene un proyecto musical en el que las letras tan sólo tratan de lo inútil y de lo mal que le parece la fotografía. A Joan Fontcuberta le encantaría. ¡O mira a Martin Creed! Tiene temas buenos. Estas cosas molan, joder. Esa sería mi utopía personal, aunque esta gente que te menciono me ha hecho ver que todo es posible. Pero no es posible ser los Pixies, así que queda descartado, y también sirve como proyecto que no voy a poder realizar nunca (risas). Lo más cerca que he estado de ello han sido cuatro temas con mi galerista Óscar Florit. Él, en la voz, cantando “Peluche llorón, peluche llorón”, y yo tocando acordes con la guitarra de manera horrorosa. Eso sí, fue muy gracioso. Sobre tus ganas de patinar, este julio te vienes a l’Estruch y te doy unas clases. ¡Caerse de culo es muy divertido!

 

 

 

 

 

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