Expeditions to the void: incursiones artísticas en el discurso científico

Hace tiempo, en la trayectoria educativa de todo estudiante adolescente llegaba siempre un momento decisivo en el cual éste tenía que contestar a una pregunta aparentemente sencilla con el fin de decidir su futura trayectoria académico-profesional: ¿ciencias o  letras? Dicha pregunta, ubicada en el orden de la eficiencia resolutiva a la hora de clasificar y desarrollar la ulterior experiencia curricular del alumnado, tendía a responderse en algunos casos desde la ingenuidad de las preferencias y uno terminaba optando por seguir la trayectoria que “le gustaba más” o que “se le daba mejor”. Vista desde otra perspectiva, la aparente y pragmática funcionalidad de la división del territorio académico (y del conocimiento) en ciencias y letras se disuelve para convertir la anterior pregunta en un enunciado vinculante del que se desprenden otras cuestiones.

 

El hecho de acotar, definir y sujetar los saberes mediante dos categorías naturalizadas socialmente -ciencias y letras- que se relacionan entre sí por oposición implica, de entrada, la exclusión mutua por parte de ambas. O se es de letras o se es de ciencias. Y, de paso, supone una puesta en práctica de la tradición binaria del pensamiento occidental. Teniendo en cuenta la jerarquía tácita (y estratégica) de los saberes, no es lo mismo ser de ciencias que de letras, esas disciplinas engañosamente conectadas con la erudición. La producción de conocimiento contra la reproducción del mismo. El valor social del práctico, funcional y utilitarista conocimiento científico se presume superior al del conocimiento practicado por la humanidades. Con sus usos de un lenguaje caracterizado por la desaparición del sujeto –y de su biografía- que habla y por tecnicismos que no dan lugar a intromisiones diletantes por parte de eventuales lectores de la Wikipedia, con su instauración de la objetividad sobre esa concomitancia de ciertas subjetividades que construyen lo que llamamos verdad, con sus hipótesis presentadas en sociedad como teorías, con su simulada desvinculación de lo político las ciencias detentan un poder que exige el ejercicio de ser detectado por la otra parte del binomio: las  disciplinas localizadas en la categoría anacrónica de las letras.

 

Volviendo a aquella encrucijada adolescente del principio, en el ámbito educativo se  adjudicaba el conocimiento racional de las ciencias a los hombres mientras que se presuponía que las mujeres seguirían desarrollando su pasión humanista a través de materias como la literatura o el arte.  Al pensar la división de saberes introduciendo el factor del género, nos encontramos con que la ciencia ha construido históricamente su territorio y sus fronteras bajo el imperativo de lo masculino como un área de conocimiento trazada por  hombres y para hombres, no obstante la inclusión reciente de las mujeres dentro del discurso científico.

 

La relación entre arte y ciencia parte de un conflicto en su propio enunciado donde lo específico de un concepto choca con lo generalista del otro. Si por arte entendemos una disciplina con sus variantes, por ciencia se sobreentienden muchas disciplinas a las que habría que sumar sus variantes particulares. Si bien esta relación no supone un vínculo novedoso, lo que sí se percibe como reciente son los intentos de articular un diálogo entre ambas partes que trascienda el paradigma de las influencias. En este intercambio entre ciencia y arte se ha prestado más atención a las aportaciones de la primera en el segundo, pensando la relación en términos de tecnología y arte y bajo la más que frecuente introducción –muchas veces gratuita- de dispositivos tecnológicos en las formas estéticas del arte. En este impacto de lo científico en la producción artística, la pregunta que valdría la pena instaurar es ¿qué le puede aportar la práctica artística al discurso científico? Esta pregunta, más que espolear traducciones estéticas sobre los resultados del discurso científico, podría servir para señalar puntos en común en torno a la construcción narrativa de toda forma de conocimiento, animar la duda sobre la presunta objetividad del discurso científico y la presunta subjetividad del discurso artístico, y estimular un contacto con la ciencia que no pase por los temores de la impericia sino por los beneficios de la intrusión diletante.

 

 

El proyecto (…) Ciencia, territorio y narrativas subjetivas, de por Lorenzo Sandoval, se inscribe en esta última línea de trasvase entre arte y ciencia. La estrategia conceptual de Sandoval es también una estrategia de formatos en un proyecto que se despliega en tres dispositivos diferenciados: el de producción a través de talleres, el divulgativo mediante un ciclo de conferencias y el expositivo gracias a Expeditions to the void, una exposición que se presenta en Can Felipa como un trabajo sobre “el potencial transformador de las narrativas subjetivas planteado por algunas mujeres que analizan, ficcionalizan y cuestionan los modelos de representación del territorio y de la ciencia”. Bajo la poética futurista de un título que contiene en sí mismo la promesa de una aventura, la hazaña de Expeditions to the void consistiría en un intento de reconstrucción que evidencia lo subjetivo en la producción de conocimiento. Dicho de otro modo, se trata de un proyecto de ciencia-ficción desfigurada donde la ciencia se presenta dentro del elenco de ficciones de las que nos servimos a la hora de interpretar el mundo.  Al desvelar la construcción narrativa del discurso científico, las estructuras narrativas para la producción de sentido que sirven a la ficción se desvelan también operativas y plausibles en el campo de la ciencia.

 

Con respecto a los productos visibles de la cartografía, los mapas, este proyecto nos advierte de que sus representaciones de la geografía no son tan neutras e inofensivas como se piensa habitualmente. Vinculada al ámbito científico, los resultados de la cartografía se han centrado en una (re)presentación del mundo histórica, occidental, blanca y masculina. La geografía, marcada por ideologías y estrategias espaciales, está tan relacionada con el poder como éste con la descripción y clasificación del mundo. La utilidad de los mapas es polivalente y se estira gracias a la tecnología: así como gracias a Google Maps sabemos cómo y por dónde movernos, Google Maps gracias a sus aplicaciones sabe cómo, cuándo y por dónde nos movemos.

 

A todo esto habría que añadir que las narrativas subjetivas que constituyen Expeditions to the void apuntan conscientemente otro elemento a tener en cuenta, el género. Si bien éste tuvo su boom dentro de la práctica artística pocos años atrás, que haya dejado de ser un gran protagonista no significa que las diversas problemáticas que se planteaban entonces hayan sido resueltas. Frente a la saturación derivada de filtrar la realidad social bajo un mismo parámetro, el proyecto de Lorenzo Sandoval introduce el género para indicar cómo la mujer ha sido excluida históricamente del campo de producción de saber generado por la ciencia y la historia para, en todo caso, ser integrada y manipulada bajo el formato de sujeto/objeto/musa histérica en la medicina. Expeditions to the void actuaría más como una suerte de dispositivo indemnizatorio al respecto que como un generador de la errónea ley de causa-efecto que presupone que la pertenencia al género marginado transporta una crítica implícita sobre el discurso opresor -científico, histórico y territorial, en este caso-.

 

En cuanto a formato Expeditions to the void, más que una exposición al uso, es un uso del espacio expositivo como archivo discontinuo donde practicar un despliegue de esos materiales que han contribuido a la realización de cada uno de los cinco proyectos. La traducción de la experiencia visual de lo expositivo en la experiencia de consulta documental del archivo es una situación a la que nos tiene acostumbrados el arte, con sus pros y sus contras. La norma implícita del “no tocar” tropieza con la demanda de manipulación de materiales dentro de un espacio al que el espectador generalmente acude con unas expectativas contemplativas y de duración temporal diferentes a las que exigen las propuestas de la exposición-archivo. En Expeditions to the void, un recorrido atento supera con creces los límites temporales de la estadística experiencial que sitúa la atención del espectador en el transcurso de una hora. Pero, lejos de la estetización visual de lo archivístico de otros ejemplos y del conflicto de actuación entre el espectador y las preceptiva estándar del museo, Expeditions to the void es una propuesta híbrida que se deja consultar amablemente y en la que el visitante puede intercambiar su rol de espectador maniatado por el de investigador curioso.

 

     

 

Gender Art Net se presenta como una “cartografía experimental de las prácticas artísticas que exploran la interrelación entre género, etnicidad, raza, clase y sexualidades en la Europa contemporánea”. Teniendo en cuenta que Internet es el lugar donde se emplazan los mapas contemporáneos, este proyecto adopta consecuentemente el formato de página web a la hora de proponer una nueva territorialización donde la geografía visual se sustituye por un modelo astronómico compuesto por 17 galaxias. El habitual mapa aparece secundariamente, como fondo para los esquemas resultantes  al combinar coordenadas en proceso. Dado el poder de los contornos territoriales, aún y sin fronteras políticas, hubiera resultado interesante como ejercicio dirigido al usuario eliminar dicho mapa de fondo como opción. Gender Art Net pone de manifiesto -desde la crítica feminista- la engañosa neutralidad de los mapas que todos manejamos. Cuando consultamos un mapa estamos asumiendo implícitamente como naturales cuestiones que trascienden lo geográfico y que tienen que ver con la identidad, lo político, lo cultural y lo económico. Porque si con respecto a las imágenes toca advertir que más que representar lo real, lo producen, construyen y significan, con respecto a los mapas toca recordar –como imágenes que son- que más que representar el mundo, crean una manera de asimilarlo.

 

A través mapas elásticos donde se esconde conscientemente la división territorial y lo colateral de sus significados, Gender Art Net establece vínculos y relaciones posibles entre recursos on-line ya existentes de artistas, proyectos y redes feministas y queer. Como todo proyecto web, su traducción expositiva pasa casi obligatoriamente por colocar en la sala ordenadores para acceder y conocer el modo de funcionamiento y las categorías manejadas por esta cartografía otra. Como parte del archivo visual, este anexo de Gender Art Net propone algunos materiales de lectura relacionados con su línea de trabajo. Como mapa alternativo que disuelve la geopolítica europea a favor de un esquema de prácticas artísticas en torno al género, sus riesgos pasan por convertirse en una cartografía útil para aquellos ya familiarizados con la crítica feminista y con el manejo de esquemas formales similares, quienes probablemente conozcan de antemano los factores implícitos de la representación geográfica. No obstante, como ejemplo y sugerencia para la producción de otros mapas, sea cuales sean sus coordenadas, Gender Art Net propone un itinerario posible en esa expedición por los vacíos intencionales de la geopolítica.

 

Con El llano múltiple, Teresa Solar Abboud nos introduce en espacios y acontecimientos a través de la anécdotas que se eluden en la historia oficial de las cosas y que articulan lo que se ha llamado intrahistoria. Menospreciada –aunque frecuentemente empleada para llamar la atención- dentro del ámbito académico, la anécdota es uno de los recursos más potentes a la hora de recordar un acontecimiento. Dejando a un lado la perspectiva peyorativa que las engloba dentro del subterfugio, la anécdota funciona como esa nota a pie de página imprescindible a la hora de interpretar el texto general que las relega a un segundo plano. A través de una serie de imágenes y textos enmarcados El llano múltiple nos indica que la Gran Muralla China no era lo invencible que tendemos a pensar; que, dentro de un submarino hundido, lo orgánico puede conservarse casi intacto y comestible; que en complejos industriales abandonados las máquinas son capaces de seguir funcionando sin que nadie se percate por un tiempo; que los errores de perspectiva y análisis ante acontecimientos naturales conllevan infructuosas hazañas personales impulsadas por la búsqueda del tesoro; y que existen decorados cinematográficos que permanecen intactos en medio de un paisaje y que, sin pretenderlo y contra la lógica de la obsolescencia de los decorados, se convierten en escenario para diferentes películas.

 

 

Entre el planeta tierra y el espacio interestelar Claire L. Evans nos devuelve a la memoria aquellos Greetings from the people of Earth gracias a una proyección que combina los saludos nacionales con imágenes del cielo nocturno de cada uno de los países que participaron en el lanzamiento de las sondas Voyager en 1977 y más específicamente, en el Voyager Golden Record. Este disco de oro,  compilado por un equipo de científicos capitaneado por uno de los astrónomos más conocidos en el ámbito mediático, Carl Sagan, es una prueba de la creencia/esperanza de vida en otros planetas, pero también de la parcialidad de los contenidos enviados para una posible toma de contacto con alienígenas. El VGR, como propuesta cultural, asume el lenguaje científico como el conocimiento más válido a la hora de darnos a conocer en las afueras del sistema solar. Porque, si como comentó el propio Sagan hace tiempo, el objetivo principal del contenido no era su desciframiento sino el hecho de poner de manifiesto la existencia de los seres humanos, en un ejercicio impensable aún a día de hoy, el VGR bien podría haber transportado consigo información sobre el planeta tierra y la humanidad en clave artística o literaria. Al asumir una posible existencia de vida inteligente más allá de nuestra atmósfera, se asume de paso que el lenguaje para manejarnos en el universo debe ser el mismo con el que habitualmente se demuestra y equipara la inteligencia, y con el que se explica, maneja y domina el universo en la tierra: el científico.

 

En cuanto al mensaje políglota, si tenemos en cuenta que el número de lenguas existentes en el planeta tierra supera con creces los seis mil, los 55 saludos incluidos son una muestra más de la parcialidad de contenidos del VGR con la que nuestros posibles cohabitantes del espacio se encontrarían. A ello habría que añadir que esta antología convencional de la humanidad que todavía navega por el espacio está marcada por deseos de paz, buena voluntad y aspectos exclusivamente positivos de nuestro devenir. Nada más lejos de la realidad. De hecho, si los extraterrestres decidiesen encontrarnos y hacer turismo por nuestro planeta padecerían un shock semejante al de muchos turistas que esperan de sus viajes los contenidos engañosos que ofrecen los folletos de las agencias de viajes.

 

El enunciado repetido hasta la saciedad de “el arte por el arte” es una suerte de tautología que podría aplicarse al campo científico, ya que es así como frecuentemente se concibe el desarrollo científico y tecnológico, bajo el paraguas de un altruismo filantrópico. Nada más lejos de la realidad que esa “ciencia por amor a la ciencia”.  El mito del científico voluntarioso y tenaz que coloca en un segundo plano su vida personal –como si lo personal pudiera dividirse de lo profesional- tropieza de lleno con los intereses políticos, económicos e ideológicos que apoyan cualquier investigación científica o tecnológica. A este punto no estaría de más recordar que los usos artísticos y creativos a los que asociamos el cine y la fotografía no fueron tales en sus inicios. Sirvan las misiones fotográficas del siglo XIX para ejemplificar la instrumentalización por parte del poder de la fotografía a la hora de impulsar discursos políticos sobre los Estados-nación en su inventariado del mundo de un mundo inventado desde la premisa de lo real.

 

     

 

Las misiones científicas que protagonizan The Path Of Totality de Paloma Polo son aquellas expediciones centradas en la observación de los eclipses solares, impulsadas desde mediados del siglo XIX por diversos poderes occidentales. En ellas, la investigación astronómica se asocia con el imperialismo colonialista occidental, convirtiendo sus resultados científicos en agentes activos dentro de las relaciones políticas. Al desvelamiento de las concomitancias entre lo científico y lo político, Paloma Polo añade el tan temido resultado de toda investigación o expedición: el fracaso. The Path Of Totality trabaja con una serie imágenes de los emplazamientos de aquellas expediciones astronómicas que no lograron los resultados deseados y que, por consiguiente, fueron descartados por la necesidad de progreso lineal que exigen la ciencia y ciertas ideologías.  Si debajo de la ciencia están los adoquines de la política, debajo del uniforme del explorador aventurero están la utilidad y la aplicación rentable del descubrimiento.

 

Con un título que intercala dos epígrafes fundamentales en la historia de la narrativa cinematográfica pero conceptualmente distantes entre sí, Nouvelle Science Vague Fiction de Regina de Miguel hace uso del video como estructura sintáctica para crear un discurso de discursos. A través de un recorrido por ciertos fenómenos naturales que ofrecen cierta resistencia a una interpretación cerrada y satisfactoria como la que reclama la interpelación científica sobre las cosas, NSVF intercambia lo racional del discurso científico por la poética premonitoria de la ciencia-ficción. El grado de incomprensión y extrañamiento que producen fenómenos como la aparición y desaparición irregular de las aguas del lago esloveno de Cerknica no es tan diferente al del vértigo que provoca el estudio de la geografía espacial. La potencia visual y experiencial del primero se equipara con la traducción sonora del segundo en un video donde la banda sonora se compone con el eco  real de un agujero negro captado por el Radiotelescopio de Dwingeloo  en Holanda.

 

El otro canal que construye NVSF nos presenta una serie de imágenes científicas dentro de una recreación de la nave espacial “Solaris” a través de diferentes escenarios que intentarían condensar una representación virtual y discontinua de la propia Ciencia. A todo habría que sobreponer una voz en off, omnisciente, profética y objetiva, que nos ofrece varias propuestas para un Apocalipsis que nunca podremos ver.  El fin del mundo, a diferencia de los finales de la cinematografía, es un final sin espectadores. A menos que uno tuviese la ocasión de ir cada noche al restaurante del fin del universo creado por Douglas Adams en su novela homónima, dentro de una de las pocas ficciones donde la desaparición de planeta tierra se fusila en las primera páginas para ser olvidada a los pocos minutos. Si la solemnidad con la que imaginamos el fin de la humanidad sólo puede ser sentida y celebrada por ésta, ¿qué sentido tiene imaginar un funeral en el que nadie podrá presentar sus condolencias?

 

La lógica de creación de sentido que articula Expeditions to the void y, en extensión, cualquier otro discurso posible trazado por sujetos condicionados por los requerimientos de su presente es la misma que atraviesa el discurso científico. Esta exposición, sumada a los otros formatos del proyecto (…) Ciencia, territorio y narrativas subjetivas, nos dice que la ciencia debe ser tratada como un discurso y no asumida como una alocución incontestable. Y que es posible, necesario y lícito hacer un doble ejercicio de traducción de aquello que llamamos realidad a través de las prácticas artísticas. Eso sí, asumiendo la problemática de que cualquier interpretación del método ha de pasar inevitablemente por un método de interpretación y, por consiguiente, por la fragilidad derivada del cuestionamiento implícito del mismo.

 

 

 

 

 

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