Tras el cubo blanco, la familia

Cuando se está perdido en una ciudad lo más sensato es recurrir a un mapa. En caso de no tener uno a mano, la otra opción lógica pasa por asaltar al inmediato y desprevenido desconocido de turno. Dentro de la sala de exposiciones, cuando se está perdido –o involuntariamente despistado- ante una obra de arte, lo más frecuente es recurrir al título. Porque los títulos son al arte lo que las brújulas al territorio: un indicativo de la dirección a seguir. Se da habitualmente, en el terreno de lo artístico, una complicidad entre el título y el gesto del artista o de la obra.  Es entonces cuando los títulos también funcionan como una declaración de intenciones que pasa por una promesa: la ejecución del propósito planteado.

 

Comisariar a mi abuelo Pepe, de Paco Chanivet es un trabajos artístico que estaría cercenado sin ese título que, al mismo tiempo que enuncia, es capaz de resolver el enigma de la desorientación en cinco palabras. Cuando el espectador está en la sala de exposiciones. Sin embargo, Comisariar a mi abuelo Pepe es un enunciado que también hace todo lo contrario: abrir el misterio y, de paso, desencadenar expectativas. Cuando el espectador tiene el título pero no los resultados. Y es que los infinitivos contienen esa permanencia suspendida que la mayoría de tiempos verbales no tienen, además de cierta distensión en el cumplimiento temporal de sus propuestas.

 

Si empezamos por el verbo y nos adecuamos a las operaciones propias del contexto del arte contemporáneo, las hipotéticas consecuencias que estimula ese “comisariar a mi abuelo Pepe” podrían hacernos pensar en una práctica curatorial donde el artista se sirve del miembro más entrañable del clan familiar como material a la hora de trazar este trabajo de comisariado dentro del comisariado –el de Alexandra Laudo y su ciclo para el EspaiDos de Terrassa, Constelaciones Familiares-. Podría Chanivet comisariar a su abuelo Pepe, literalmente. Podría pero no lo hace.

 

 

Conjeturas y expectativas a un lado, este proyecto de Paco Chanivet podría verse como una operación de rescate artístico: reunir dentro del cubo blanco una selección de obra pictórica producida por su abuelo. Entre el homenaje personal y un retorno a la pintura, los lienzos que ocupan el espacio expositivo nada tienen que ver con aquellas pretéritas reapariciones de lo pictórico dentro del arte contemporáneo que definieron engañosamente algún que otro contexto de producción. José González Chanivet es pintor, pero no como el arte contemporáneo entiende que debería ser un pintor para, además, poder ser artista. José Chanivet es un pintor figurativo. Marinas, bodegones, escenas bucólicas e imaginería religiosa componen una exposición donde el pintor y el artista se dividen porque no son la misma persona. Llegados a este punto, brilla por su  tácita comparecencia uno de los leimotivs del arte contemporáneo. La pertenencia de la autoría.

 

El gesto que Chanivet realiza a través de su abuelo es también un  gesto mnemotécnico: abandonar el imperio del cubo blanco por un momento y proyectar en el presente aquellos salones pictóricos comisariados por el horror vacui, por el desorden y por el contingente desdén de la crítica. Ceder desde una estrategia momentánea el protagonismo a un pintor no cualificado por el status quo –eso sí, con permiso y autorización del contexto- supone la inclusión por dialéctica de lo amateur en el ámbito de lo profesional. Y la visibilidad de una paradoja: la longevidad de una carrera diletante contra la relativa brevedad de una trayectoria profesional.

 

  

 

Obviando cuestiones, categorías y adjetivos que conformarían la crítica artística de un pasado marcado por el binomio arte = pintura figurativa, el gesto curatorial de Paco Chanivet sobre su abuelo recupera de manera incidental un mito languideciente: el del abnegado pintor que, mediante ejercicios consecutivos, busca incansablemente una pericia técnica que le otorgue el anhelado título de artista. Sucede que el arte no concede sus credenciales por el volumen de horas trabajadas. Y que si reclama una factura ésta es, ante todo, de tipo conceptual.

 

Todo lo dicho anteriormente proviene de una lectura tamizada por la posibilidad y la demanda de torsión del contexto artístico. Sin embargo “Comisariar a mi abuelo Pepe” es un trabajo integrado dentro de un proyecto mayor, donde el comisariado existe tal y como lo entendemos. Su pertenencia a Constelaciones Familiares permite también sacar fuera de sala las piruetas metacontextuales comentadas y prestar atención al eje vertebrador del proyecto de Alexandra Laudo: la familia y sus colaterales relaciones por parentesco. Es desde aquí que el trabajo de Paco Chanivet se percibe bajo otra perspectiva, la de las relaciones personales derivadas de la consanguineidad y el afecto. Y aunque no se muestre en la sala de exposiciones ubica la propuesta estética del artista en otro territorio, áquel marcado por la exploración biográfica de su familia. Comisariar a su abuelo sería entonces el ejercicio inusual elegido por Paco Chanivet a la hora de establecer selectivas afinidades generacionales dentro de su familia. Y hacer que esta vez sea el nieto quien regale los caramelos al abuelo.

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