Tupí or not tupí: that is the question

Hay un pacto tácito entre la inteligencia y la maldad que la ficción ha sabido explorar con insistencia. Tanto es así que frecuentemente nos acordamos más de los villanos que de los héroes. Y no solamente por lo malvados que puedan llegar a ser, sino por la enorme dosis de inteligencia que acompaña sus acciones contra el mundo. De todos los personajes que forman parte del universo de X-Men hay uno que destaca considerablemente por encima de los demás: Mystique. Como mutante, no posee poderes vinculados a ninguna fuerza sobrenatural o sobrecogedora. Su poder es, precisamente, la mutación. La capacidad de ser potencialmente cualquier otro en cualquier momento y en cualquier lugar. A diferencia de los demás mutantes, no vive en un estado de dualidad permanente entre dos maneras de ser preestablecidas sino en un estado de tránsito permanente a través de la carne. Esto provoca en ella una crisis continua. Al poder –y tener que- ser siempre otro, no sabe quién es ella misma.

 

Dentro del arquetipo literario, Mystique es un cambiante, un ser que puede modificar su forma y que lo hace adoptando la forma de otro ser humano. Existen muchos otros mimetistas en la ficción. Y no siempre se conforman con la metamorfosis humana. T-1000, el prototipo creado por Skynet en Terminator, puede convertirse además en objeto. Sin embargo, más allá de toda esta euforia mutante que se centra en la superficie de los seres y las cosas (si bien Paul Valèry afirmaba que no hay nada más profundo que la epidermis), el poder de la mutación es el poder -también el peligro- de la alteridad. No se trata tanto de parecer otro, como de llegar a serlo. Al menos, de intentarlo. Y es aquí donde la inteligencia juega un rol fundamental porque no basta con apropiarse del recipiente. Hay que saber utilizarlo. Como dice Female Shapeshifter, un personaje de Star Trek, “convertirse en una cosa es conocer esa cosa. Asumir su forma es comenzar a entender su existencia”. Ser otro es un acto caníbal, uno en el que quien devora puede terminar siendo devorado por el otro. O por la contingencia del tránsito, como le sucede a Mystique.

 

Más allá de la ciencia-ficción y sus ejemplos de mutación literal, también de canibalismo (el zombie aparece aquí como el antropófago más radical, aquel que elimina el contenido del recipiente para transformarlo en un cadáver en vida), podríamos pensar en la misma cultura como un acto de canibalismo colectivo en el que todo puede ser devorado, masticado y asimilado. En la búsqueda de lo propio se combina siempre la incorporación de lo ajeno, haciendo de esta diferenciación entre lo propio y lo ajeno una entelequia operativa para el pensamiento pero no tanto para la vida. Es más, ¿qué hay de propio en lo que consideramos como tal? ¿Qué hay de uno mismo en lo que uno es? Ya lo decía Rimbaud: “Je est un autre”. La identidad es un proceso esquizofrénico en el que, quizás, la mayor alucinación es pensar que podemos existir sin contaminarnos o sin contagiarnos de otros. El poder de la introyección y la introyección al poder.

 

Tupí or not tupí: that is the question. Con esta afirmación el poeta brasileño Oswald de Andrade masticaba las palabras de Hamlet para afirmar que la única ley del mundo que nos une es la antropofagia. Ley que promulga una máxima, la del ser humano como antropófago. “Sólo me interesa lo que no es mío”. Ley que pretende acabar con el mito del caníbal apropiándose de él y convirtiéndolo en universal. El mito colonialista de los Tupí decía de ellos que devoraban a su enemigo, la excusa perfecta para devorarlos a ellos y justificar el genocidio católico. Posteriormente, sería la coartada legítima para la apropiación irrespetuosa de la cultura europea por parte de los artistas e intelectuales brasileños. Guerra al estigma de la imitación del centro invasor por la periferia invadida y mutación del eslogan cartesiano: devoro, luego existo.

 

El Manifiesto Antropófago de Andrade es, en sí mismo, un acto deliberado de antropofagia. Al tomar la forma de manifiesto, Andrade se apropia del pensamiento programático de la vanguardia europea. En 1920 Picabia escribiría su Manifiesto Caníbal con altas dosis de nihilismo dadá en sus acusaciones a todos y a ninguno. El canibalismo de Picabia es una palabra en un título. El canibalismo de Andrade se dedica a destruir tanto el mito del indigenismo como la idealización del buen salvaje, aquel que los colonizadores someten también desde su supuesta nobleza. Del pensador caníbal al tupí hamletiano, pasando por la ingestión de numerosas onomatopeyas, hay otro mito que Andrade empieza a destruir: el mito de la pureza. La ausencia de identidad como la única identidad brasileña posible, con todas las contradicciones del argumento. De la Antropofagia al Tropicalismo y del Tropicalismo al exotismo de la marca cultural. Oiticica, palmeras, loros, plátanos, bienales y museos de arte contemporáneo. La contradicción también es caníbal. Termina por devorar aquello que se contradice a sí mismo. ¿Cuál es entonces el acto caníbal? ¿El que canibaliza otras culturas o el que canibaliza “lo propio”? En Brasil, la antropofagia del primitivismo indígena; en España, podría haber sido la antropofagia de lo carpetovetónico. Propia o ajena, la pureza identitaria todavía sigue siendo un mito.

 

En la actualidad, la violencia que caracterizaba a las vanguardias es políticamente incorrecta. Hemos sido devorados por la corrección política y el respeto a la sensibilidad del otro. Zizek –uno de los muchos antropófagos posmodernos- defiende la intolerancia, alegando después la imposibilidad de que dos culturas se integren pacíficamente porque cada una transporta consigo misma su incompatible dosis de violencia. ¿Sucede lo mismo con los individuos?¿ ¿Es relacionarse una forma de supresión de la violencia individual y cultural por ambas partes o, como mínimo, por una de ellas? Si pensamos en la disolución de la violencia potencial que hay en el encuentro con el otro, aparece una posible pregunta: ¿puede el artista ser antropófago o está obligado a conformarse con la condición superficial del mutante? ¿Es antropófago el mutante? ¿Es mutante el antropófago? ¿Existe un “otro” cuando se es antropófago? Quizás la otredad es simplemente el futuro de uno mismo, algo que todavía no ha sido devorado en el presente.

 

Por el contrario, si pensamos en la condición caníbal de la cultura y no del individuo, que existe gracias a un acto continuo de selección, apropiación y absorción de elementos y actitudes de unos lugares en otros, el artista es entonces el antropófago autorizado de nuestra época. Aquel que tiene un permiso especial de apropiación sobre el mundo porque puede ampararse en su propia autoría para sortear satisfactoriamente la de otros. Es más, no sólo se le permite, sino que se le exige que sea caníbal. Pero que lo sea de manera educada y respetuosa, a poder ser en tercera persona. Hablar directamente de uno mismo está mal visto. Es mejor hacerlo a través de otros desde diferentes estrategias de autorreferencialidad encriptada. La cita continua es una de las formas en las que se manifiesta esta antropofagia, delicada y considerada, que tanto caracteriza el pensamiento racional. Pensarse a uno mismo a través de otros y no tanto pensar a esos otros a través de uno mismo. La antropofagia, cuando es racional, procede por jerarquías. A la hora de asimilar al otro, no todo vale. ¿Y por qué no todo vale, si la antropofagia es algo que también implica al cuerpo? Pensar es incorporar, en el sentido literal del término: introducir en el propio cuerpo un elemento que le era externo hasta entonces.

 

Al volver a la idea de mutación, al artista como una especie mutante que toma el cuerpo –y formas de hacer o pensar- de un otro, este se encuentra en la misma encrucijada que Mystique. Que termina por no saber quién es. Al mismo tiempo que se le permite (o se le exige) la apropiación de cualquier elemento, también cualquier forma de subjetividad, tiene que conseguir ser él mismo en todo momento. Tiene que tener un estilo. O, al menos, ser capaz de convertir la ausencia de estilo –como proclamaba la antropofagia brasileña con respecto a la identidad- en una metodología y, por consiguiente, en una expresión del carácter que pretende ocultar. El artista contemporáneo puede ser muchos otros. Puede ser antropólogo, científico, historiador, etnólogo, curator, filósofo, coleccionista, músico, escritor… Sin embargo, esta apología de la alteridad es selectiva. La mutación se entiende a través de la apropiación de roles intelectuales, de ideas u objetos, y no tanto de cuerpos físicos o comportamientos psicológicos de otros individuos.

 

Si entendemos la contemporaneidad en arte como el régimen de visibilidad predominante en una época concreta, el presente, ¿qué sucede cuándo el artista no quiere ser contemporáneo? Cuando quiere ser simplemente artista, como lo fueron otros en el pasado. Cuando pinta, cuando esculpe, cuando quiere pensar con el estómago. Cuando asume los clichés transmitidos por la historia del arte porque, a pesar de muchas reticencias, también le pertenecen. También están incorporados. Es entonces cuando el artista podría parecerse al Uróboros, el animal mitológico que se muerde la cola, que nunca empieza y nunca termina, que se devora a sí mismo continuamente sin poder engullirse del todo. Tupí or not tupí: that is the question. Sin carne, no hay espíritu. La antropofagia desde otra vida estética: sin motivo, sin ley y sin norma.

 

 

 

Este texto forma parte de la exposición Talo-Arranz. Los extremeños para la Fundaciò Arranz-Bravo.

 

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