Adyton: gramáticas de la audiencia

Así como la experiencia es la madre de la ciencia, la obviedad es la madre de muchas reflexiones. Filosóficas, sociológicas y, cómo no, artísticas. Empezaremos pues, entusiastas de la evidencia, con una obviedad: que este texto es una posibilidad –todavía sin materializar- y que podría haber sido siempre otro texto diferente al resultante. Pero más allá de que algo por hacer o algo hecho siempre se podrían haber hecho de otra manera, esa atendible y factible diferencia que se permite arrojar palabras aquí, deriva de algo que existe previamente y con anterioridad al propio texto. O más bien de cómo “este algo” funciona y es experimentado por otros, ¿los espectadores?. Nos referimos, porque esto sí que no respira la repetición insistente de la obviedad, al proyecto ADYTON, de Carlos Valverde, en colaboración con Andreas Greiner,  Julian Charrière y Martin Llavaneras.

 

La primera exigencia de un texto sobre un proyecto artístico es su descripción, un mecanismo naturalizado cuya función es delinear, acercar y hacer inteligible al lector (en su rol de espectador en diferido) aquello de lo que se está hablando o se pretende hablar. Con ADYTON sucede que la tendencia habitual que consiste en algo tan sencillo como describir un proyecto remolca una dosis de traición al proyecto. Porque si bien es legítimo describir, contar o narrar aquello que se ha vivido en primera persona o que ha sucedido en el pasado –incluso los secretos tienen fecha de caducidad-, reseñar un proyecto artístico que funciona por partes, que se extiende en un tiempo no concluido todavía y que se acompaña de diversas cuotas de secretismo, se convierte en una injerencia, no tanto hacia el proyecto en sí, como hacia futuras experiencias de otros en sus futuras ediciones. Especialmente las de aquellos que todavía no conozcan qué es o en qué consiste ADYTON.

 

No obstante, teniendo en cuenta que uno de los conceptos clave que maneja Carlos Valverde en la segunda edición de ADYTON es, precisamente, la desobediencia, este texto podría verse como un minúsculo episodio de desacato. Hacia un proyecto que se ha comunicado mediante pistas y que se ha transmitido con el cuidado espontáneo de no desvelar ciertos aspectos fundamentales para su experimentación entre aquellas personas que han transitado por ADYTON hasta el momento. Otro acto mínimo de indisciplina sería escribirlo, a partir de ahora, en minúsculas, Adyton. Dos apreciaciones, sin embargo y con respecto a lo anterior: ¿es desobediente un texto –quizás más la fotografías que podrían acompañarlo en su desvelamiento visual- que habla sobre un proyecto que solicita cierta desobediencia al mencionar un concepto vinculado a una actitud?, ¿puede ser desobediente un texto en torno a un proyecto artístico si ese mismo texto, aún sin una voluntad explícita, añade una capa más dentro del campo de fuerzas de legitimación y de resonancia de lo artístico?

 

Adyton es un proyecto que se organiza mediante pistas suministradas a un espectador que, entre detective y explorador, tiene que vérselas relativamente con su comodidad habitual para llegar al proyecto, ubicado en algún lugar de Barcelona. Esta maniobra de desorientar al espectador (¿qué es Adyton, cuándo sucederá y dónde puede verse?) para, a posteriori, orientarlo de nuevo (uniéndose a una lista de correo que le otorgará una mínima información práctica y conceptual) emplaza Adyton fuera del marco y de los horarios habituales del arte. Que Adyton sea algo que sucede fuera de una sala de exposiciones no es nada nuevo u original. Que pueda ser conocido en un horario determinado por el artista y no por la normativa institucional, tampoco. Pero más que de novedad u originalidad (aunque, de soslayo, sea una búsqueda secundaria de muchas prácticas artísticas y una demanda principal por parte del gran público) la potencia inicial de un proyecto como Adyton se arraiga en su “factor sorpresa”. Y en la génesis de una curiosidad a satisfacer hábilmente impulsada por el artista que firma el proyecto.

 

A pesar de ser un proyecto de derivas arquitectónicas que ya se explicitan en su título, Adyton empezaba en una web a la que se ha ido añadiendo información con cada uno de sus episodios. En un primer momento, Adyton se presentaba a sí mismo en forma de statement con un texto centrado  en el significado del término griego “adyton”. Por adyton se entiende la tercera de las secciones de un templo griego, aquella que cobija la estatua y personificación de la deidad y a la que sólo el sumo sacerdote puede acceder, so pena de muerte para el resto, los intrusos. A esta aclaración se añadían una sucesión de muy breves definiciones consecutivas. Más que definiciones, un decálogo de intenciones de lo que a Adyton le gustaría ser. Y posiblemente sea para muchos. Con un poco más de perspectiva, aquellos lacónicos eslóganes anticipaban los puntos centrales que Carlos Valverde busca testear con Adyton: la experiencia en un espacio físico concreto, las condiciones de uso del espacio por parte del audiencia, la fenomenología espacial, la construcción no convencional de un espacio, la implementación del proyecto en cualquier lugar, la incorporación de unos códigos de comportamientos a modo de  reglas y el sometimiento de los usuarios del proyecto al misticismo techno-representacional. Si bien, cualquiera de los demás preceptos es de fácil comprensión, este último alude directamente al foco de interés general del trabajo artístico de Carlos Valverde. El misticismo techno-representacional, tras varios intentos infructuosos de desciframiento acudiendo a la etimología de cada una de sus partes, termina por abandonarnos en la ingeniosa enunciación de un concepto nuevo para el que sólo hay un hermeneuta posible: su autor.

 

    

 

El siguiente paso consistía en unirse al proyecto para, inmediatamente, recibir un mail con una primera y única indicación: A BLACK-FRAMED GLASS ENTRANCE AT C/ LLEIDA – 08004 BARCELONA. A partir de aquí, con un plazo de diez días, un horario diurno y varios números de teléfono propuestos a los que llamar en caso de pérdida, empezaba el itinerario para conseguir entrar literalmente en Adyton#1. Y es aquí donde retomamos la obviedad inicial con la que empieza este texto, pues dependiendo de la experiencia de cada uno dentro de Adyton, las reflexiones en torno al mismo, si bien complementarias y posiblemente semejantes, darían para textos diferentes entre sí. Porque seguramente Adyton ha dado como resultado movimientos diferentes entre sí dentro del espacio de la Calle Lleida, anexo del contexto artístico por un tiempo.  Podría alegarse que esto es algo que sucede con cualquier trabajo artístico. Pero si dentro de una sala de exposiciones la lectura abierta corre más por cuenta del espectador (como la capacidad relacional de arte) y no tanto de las premisas de apertura de interpretaciones en la obra, Adyton supone un ejercicio –y no sólo de lectura a posterior o durante- que obliga a un tipo de experiencia muy concreta: la exploración de un espacio que no se conoce y que no tiene inoculados los códigos del arte hasta que nosotros, los habituales de un contexto, se los introducimos. Adyton es algo que se vive como no se viven la mayor parte de proyectos artísticos. Por encima de la conceptualización del artista, la experiencia del visitante, la aventura de lo oculto entre la cotidianidad, la pulsión por explorar aquello que no se conoce y no se termina de entender del todo. Y, lo mejor de todo, entrar a formar parte de un reto, de un desafío.

 

Adyton#1 comenzaba con una puerta de acceso que inmediatamente castraba el impulso de ir más allá con una gran pared de madera. Como en esas novelas juveniles de aventuras que ya nadie lee o en los videojuegos, se podía elegir: recular y abandonar el espacio o –deseando intuir que ahí no podía terminar todo el asunto- empujar el obstáculo de madera y seguir avanzando por un espacio doméstico un tanto ruinoso. Tras la pared, un pasillo, una planta superior, una planta inferior, una cocina, un dormitorio, diferentes habitaciones para fisgonear, una nevera con cervezas y diferentes elementos construidos ex profeso a lo largo y ancho del espacio. También una pieza clave para poder acceder a la parte superior: una silla colocada e iluminada al fondo de todo, tras unas escaleras. Es por la inaccesibilidad a la zona superior que Adyton#1 no funciona igual para todos, pues quien escribe, por ejemplo, volvió al día siguiente con un amigo para poder acceder a una parte a la que no pudo acceder en solitario durante la primera visita por cuestiones logísticas y falta de inventiva. Comentar también que Adyton#1 cambiaba radicalmente asistiendo solo o asistiendo acompañado. En solitario, el espacio provocaba temor y cierta ansiedad; en compañía, lo inhóspito se volvía cordialmente intrigante. A la salida, cuando desaparece lo físico de la experiencia y empieza a trabajar el espectador de arte, surge una duda. No ya ¿qué es Adyton? sino, ¿dónde está el adyton dentro del espacio intervenido?. ¿Funciona literalmente la trasposición del templo griego sobre aquel espacio o es de orden más conceptual y la existencia de un espacio poco accesible en la parte superior no es más que otra estrategia para el despiste deductivo?. ¿Esta primera edición es el perystilon dentro de la arquitectura conceptual del proyecto? Es más, conociendo apenas el principio del ciclo, ¿es operativa esta pregunta?

 

Adyton#2 tuvo lugar unas semanas más tarde. Para los que ya conocían el proyecto, el factor sorpresa tenía menos autoridad que para aquellos que conocieron Adyton en una segunda parte. Habría que subrayar aquí que, si bien Adyton producía voluntariamente cierto misterio, durante aquellos primeros diez días que se presentó al público, éste respetó el enigma y casi nadie contaba lo que había visto en la Calle Lleida. El factor sorpresa se mantenía gracias a una obediencia voluntaria por parte del público y gracias al deseo altruista de que futuros visitantes tuviesen la misma oportunidad de “adentrarse en lo desconocido”. Lo mismo sucedió con Adyton#2 durante sus once días de existencia. Si no se había participado todavía, nadie quería responder a ciertas preguntas o dudas acerca de cómo funcionaba una experiencia previsiblemente más esquiva que la anterior.

 

 

Si Adyton#1 conducía directamente a un espacio fácilmente localizable, una calle de Barcelona, Adyton#2 se presentaba nuevamente con un mail (previa inscripción) en el que aparecían los siguientes números: N 41.360437 E 2.161726. Así mismo, imponía una norma sobre el usuario. DO NOT PRESS THE RED BUTTON. Y, como en el anterior, un horario. Sólo que esta vez se trataba de un horario diametralmente opuesto al anterior. De diez de la noche a ocho de la mañana. El primer impulso, colocar el código numérico en Google, intuyendo lo que efectivamente era, unas coordenadas espaciales que marcaban otro lugar, un punto cercano al Castillo de Montjuic. Teniendo en cuenta que de Adyton se sabía que el espacio anterior era un punto central, existía el impulso racional de vincular estas coordenadas con el local de la Calle Lleida. La duda, esta vez, era sencilla. Elegir como punto de partida uno de los dos lugares geográficos. Es entonces cuando la descripción de Adyton#2 se convierte en el guión de una película adolescente en la que cinco personas practican posiblemente, una experiencia extravagante más de un proyecto excéntrico y este texto se convierte por unos momentos en crónica de una deserción, de un sometimiento voluntario a un proyecto (in)accesible y de un retorno a lo colectivo de la aventura compartida.

 

Decía Sartre que el hombre está condenado a elegir. Cuando una experiencia tiene forma de segmento y se puede comenzar desde cada uno de sus dos puntos equidistantes, el carácter único de la elección conlleva una secuela: la desaparición automática de la otra alternativa. Con Adyton#2 la disyuntiva que se planteaba era, o bien comenzar por el espacio de Calle Lleida o bien comenzar por el lugar indicado por las coordenadas en Montjuic. Porque un punto llevaba directamente al otro. El espacio de la Calle Lleida se presentaba, esta vez, con una puerta cerrada con un sistema de seguridad que exigía la inserción de un código. Es decir, que si uno elegía ir primeramente al local donde tuvo lugar Adyton#1, se veía forzado a acudir a Montjuic en busca de alguna pista ulterior, probablemente el código necesario para adentrarse de nuevo en el espacio. Una vez en Montjuic, en un bosque localizado en una zona boscosa que no aparecía en los diversos buscadores por satélite, el explorador nocturno, con un poco de suerte, acababa dando con una placa de madera atornillada a la base de un árbol cortado en la que estaba inscrito la contraseña. 221#. En esta latitud exacta, si se miraba hacia el cielo, se percibía una circunferencia abierta casi perfecta gracias a la ausencia provocada por un árbol cortado. Así mismo, existía un camino con un círculo de piedras que presentaban algunos graffittis.

 

Pero esto es algo que quien escribe no pudo descubrir sino hablando a posteriori con el propio artista. Porque si bien Adyton#2 marcaba un itinerario basado en la búsqueda de una solución, seguramente no contemplaba que cinco personas acudiesen en primer lugar al local de la Calle Lleida y fuesen capaces, por esas casualidades amables del azar, de abrir la puerta al teclear varias veces diferentes códigos, fruto de diversas deducciones lógicas. Y que, entre un intento y otro, la puerta finalmente se abriese para dar paso, de nuevo, a un espacio intervenido arquitectónicamente sobre el que pesaba aquella regla del mail. No presionar aquel botón rojo que, evidentemente, fue presionado, sin que nada sucediese.  Basta pedir que algo no se haga para que sea hecho, fruto de la pulsión rebelde que todo humano lleva consigo. Al enunciar una norma, aquel que la impone sabe que ésta, con toda probabilidad, será incumplida. Es entonces cuando la prohibición, al ser declarada, se convierte inmediatamente en autorización.

 

Habiendo traspasado aquella puerta al principio de todo el recorrido, Montjuic no se aparecía ya como la resolución de un enigma, sino como un anexo todavía desconocido del proyecto. Como la gran incógnita y no como la imprescindible respuesta. Las considerables dimensiones del parque, la ausencia de conexión a Internet –el azar también sabe colocarnos en la adversidad, consecuencia de la falta de previsión colectiva por parte de cinco personas un tanto incautas y confiadas- para dar con el lugar perteneciente a las coordenadas impuestas y las ganas de saber qué se escondía en las proximidades del Castillo de Montjuic provocaron un paseo de duración considerable marcado por diversas emociones. Tras el ímpetu inicial, el cansancio y la impotencia subsiguientes para, tras unas pocas horas, la capitulación final y la vuelta a casa a altas horas de la madrugada. Intuyendo, entre el agotamiento, que quizás todo aquel paseo basado en la búsqueda de un lugar inaccesible había sido innecesario, sobre todo si aquella puerta de la Calle Lleida había sido atravesada al principio del recorrido.

 

Con la perspectiva dilatada de una experiencia en pasado, la primera evidencia es que Adyton es un proyecto sujeto a la experiencia de cada uno. Aún y cuándo las variantes puedan ser bastante parecidas en su primera edición. No tanto en la segunda. Las cuestiones que emergen se sitúan casi todas ellas en torno a la exploración de los comportamientos de una audiencia, aún cuándo no sea analizable en los términos del cubo blanco. Básicamente porque no se la ve y no se la examina in situ, sino en potenciales conversaciones posteriores compartiendo las singularidades de una experiencia común polimorfa. Experimentos como Adyton, más allá de la –a estas alturas inane- demostración de que el arte puede insertarse en espacios no previstos ni pensados para el mismo, hacen pensar en las prolongaciones del espacio institucional por parte de un espectador que está obligado a experimentar (de experiencia, no de experimentación). En primer lugar porque la audiencia potencial a la que Adyton se dirige es la misma audiencia que puebla el circuito del arte contemporáneo. Su voluntario secretismo y sus estrategias de comunicación lo hacen inasequible para aquel público tan perseguido por el arte contemporáneo: aquellos que no están involucrados laboral y profesionalmente con el mismo. Se convierte, quizás sin quererlo, en un ejercicio manierista sobre una audiencia preparada –y deseosa- para cualquier extravagancia que nos saque del aire acondicionado de las salas de exposiciones.

 

En segundo lugar, esta audiencia especializada que conoce los códigos habituales del arte, aún siendo la única que podría cometer un ejercicio de ruptura e infracción conscientes de las mismas, tiende a obedecerlas si el artista, la institución o el proyecto no solicita explícitamente que se rompan. Sirva de ejemplo que casi todos aceptamos los horarios indicados por el artista y que, tanto Adyton#1 como Adyton#2 podrían haber sido visitados fuera de los límites horarios estipulados. El primero de noche; el segundo, de día. En Adyton, los tiempos de visita indicados no tenían por qué haber supuesto una imposición. Y, en su mayor parte, así fueron vistos por su experimental audiencia experimentada. ¿Somos tan capaces de quebrantar las reglas del arte como creemos?, ¿se rompen estas reglas si vienen impuestas por cualquiera de las variantes del contexto artístico?, ¿existe una desobediencia real en un proyecto que incorpora la desobediencia como norma tácita?, ¿el arte es un campo de fuerzas más que demuestra, queriendo pretender o pensar que no, los principios de autoridad sobrentendidos que rigen nuestra conducta general?

 

En tercer lugar Adyton es un proyecto donde el examen que persigue sobre una audiencia determinada, se lleva a cabo desde lo arquitectónico y lo espacial. Más allá del lugar común de la habitabilidad de los espacios o la dimensión – y necesidad- relacional del ser humano, la arquitectura desempeña aquí una estrategia. Entre lo lúdico y lo impositivo, el visitante tiene que lidiar con una construcción del espacio que, lejos de acogerlo, lo impele a una adaptación al medio propuesto. También a una desobediencia autorizada y eventual. Y a una deformación de nuestra actividad dentro de los muchos lugares que transitamos, no tan sólo el artístico. Proyectos como Adyton, por encima de su atractivo como parque de juegos somático-intelectual, reafirman los posibles significados implícitos en la forma y en la materia a través de la construcción gramatical del espacio. De la narrativa arquitectónica al espacio como relato, la investigación espacial como excusa para la construcción de una experiencia artística polimorfa con el lastre institucional de la audiencia. Toca esperar al futuro, con Adyton#3,  para saber si, como en los antiguos templos griegos, esta vez la audiencia correrá un peligro real: el de no poder ver nada.

 

 

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