Apnea #12 Conversación con Blanca Callén
04.07.2019

 

SFP   Anoche, antes de acostarme, pelé una mandarina. Todavía me sorprende el  hecho de que todas no sean igual de fáciles de pelar. Esta, en concreto, era de las que no me dejan hacerlo como más me gusta: quitando la piel lentamente sin que se rompa, hasta originar una estructura independiente de la parte comestible de la mandarina. Cuando esto sucede, lo que suelo hacer es apilar los fragmentos de la piel de la mandarina en un montoncito, por capas. Si la forma me parece significativa por algún motivo, les saco una fotografía y, en muchas ocasiones, la comparto con Esther Gatón porque nos conocimos en la distancia compartiendo nuestra pasión común por los restos de comida y los objetos efímeros que hacen aparecer para preparar un taller dentro del Festival Gelatina de La casa Encendida. Ella me hablaba de cómo durante el tiempo de sobremesa se producen “ensimismamientos con la metamorfosis de la escala” y yo lo resumía de manera más tosca como “andamiajes o esculturas con los restos”. Aquello que la separación convierte en residuo y la circunstancia de lo residual convierte en abyecto. Pero si empiezo esta conversación con esta fruta -o con este objeto- es por el doble extrañamiento que me produjo encontrarme una mandarina pelada en lo que podríamos llamar mi mesilla de noche, que es más bien una caja de plástico con diseño industrial. Un primer extrañamiento sucedió al ver una mandarina sin rastro alguno de su piel, desnuda. Y el segundo, al cogerla y descubrir el cambio de estado en su textura habitual, como si durante la noche hubiese generado una segunda corteza invisible y crujiente para protegerse del frío.

Como te dije en alguno de nuestros mensajes internos, mi intención era comenzar esta conversación con La Vida Material de Marguerite Duras, un libro que me regaló hace poco Lúa Coderch y que ha sido la lectura que más me ha impactado en el último año. Creo que es tremendamente difícil decir de manera sencilla aquello que pide explicarse de manera muy complicada. La escritura de Marguerite Duras me recuerda a esta mandarina que no necesita de una piel que la proteja. Es áspera, vulnerable y crujiente. Todo a la vez. Una escritura que no hay que desnudar porque ya nace siendo cruda. Y, mientras escribo esto, tras tantas semanas sin comunicarnos, aparece un mail tuyo en mi bandeja de entrada con una cita de José Luis Pardo que leo, como tantas otras frases, intercambiando unas palabras por otras y que creo que es una posible definición de lo que está sucediendo ahora mismo: “la escritura comienza cuando es imposible y tiene que hacer una trampa para devenir real.” Me pregunto si la trampa aquí es la mandarina, Marguerite Duras o que estemos pensando la una en la otra al mismo tiempo en dos ciudades diferentes. Y que lo hagas, además, a punto de viajar a Cuba, haciéndome recordar que las mandarinas y la naranjas estuvieron presentes en otra conversación que mantuve por escrito con Tamara Díaz Bringas cuando hablábamos de nuestras respectiva infancias. Ella en Cuba y yo en Galicia. Abro el libro de Marguerite Duras, intentando encontrar esa frase donde dice algo así como que los hombres se sienten como super héroes cuando compran un kilo de tomates y tropiezo con la lista en la que ella enumera algunos de los productos indispensables en su casa de campo en Neauphle-le-Château. Una lista que aparece en el mismo capítulo en el que ella habla del proyecto demencial que representa una casa para una mujer. ¿Tú todavía haces listas de la compra? Marguerite Duras escribe también sobre cómo las mujeres conservan facturas antiguas como una manera de custodiar la memoria doméstica de sus domésticas vidas. Se me ocurre que las listas escritas de la compra -aunque yo sólo las redacte mentalmente- son una manera de custodiar un futuro inminente que se repite una y otra vez o una forma de mantener parte del orden material de una casa. Un trabajo que se define, de puertas adentro, por aspectos que también definen la condición laboral contemporánea. Flexibilidad, extenuación, perennidad y, en numerosas ocasiones, precariedad.

 

 

BC   Comienzo a responderte desde un avión camino a Cuba. Lo primero que hago es escoger la fuente de la letra, como si la tipografía me ayudara a parir el contenido de lo que venga. A mi lado hay sentadas dos chicas de unos veintipocos años que hablan en una lengua que no entiendo. Suena fuerte, con muchas ges y jotas. Un puntito gutural también. Esto me recuerda a que, precisamente, una de mis palabras favoritas del inglés es “andamio” (scaffolding), como el andamiaje de tu mandarina despedazada y vuelta a montar. ¿Cuánto de la experiencia material de un andamio se la da la sonoridad de su fonética? Y me da por pensar que un scaffolding inglés tiene mucho más “andamiaje” que un andamio castellano.

Ayer, justamente, me ocurrió lo contrario que a ti: cuando fui a coger las chanclas de la bolsa de la piscina para ponerlas en la maleta, apareció en el fondo una mandarina secada. Conservó y endureció su corteza mientras el interior iba desapareciendo, consumido por inanición. Y me dio la medida del tiempo: la de la última vez que fui al gimnasio. Unas horas después, quizás empujada por el signo de la mandarina seca, por fin, me decidí a darme de baja en el gimnasio.

Esta conexión que apuntas entre la separación y el residuo y la circunstancia de lo residual y lo abyecto me ha recordado a una frase de Mary Douglas de su libro “Purity and Danger” (¿Puede un libro tener un título tan bonito y a la vez tan inquietante?). Sintéticamente, viene a decir que lo residual, la basura, es algo “reconociblemente fuera de lugar, una amenaza al ‘buen’ orden” porque aún guarda cierta conexión, “media identidad” de su estado anterior. Y es este estar a medio camino, entre un origen aún reconocible y un porvenir decadente, lo que hace al residuo amenazante y peligroso, dice ella. ¿Avergonzante, quizás? Como a quien se pilla en un renuncio, en una mentira (o un pedo) que no quiere reconocer. Hasta que “al final” (otro mito, otra mentira), con la degradación y la putrefacción, se desvanece completamente su identidad y el origen de los pedazos – de la cáscara de tu mandarina- se pierde. Aún no he pisado Cuba pero sospecho que sus apaños, componendas y trampas vitales no opcionales, como las que apunta Pardo, desafían al supuesto ‘buen’ orden de Douglas.

Mi madre no es de Cuba, pero nos explicaba que, de pequeños, todos los críos y crías del pueblo iban recogiendo trozos de metal y restos de trapos y telas. Los guardaban. Y cuando el trapero pasaba por el pueblo a mercadear, los niños le entregaban su cosecha y él les pagaba con una naranja. Entonces, jugaban a la pelota con la naranja y sólo cuando ya estaba demasiado golpeada y maltrecha como para seguir haciendo de pelota, se la comían. Los mamporros del juego la habían dejado a punto para sacar el máximo de su jugo. Vuelvo a Pardo: “La vida es un fenómeno raro y local, improbable, inestable, precario. Lo principal es que la componenda resista, que se aguante, que se tenga en pie”, como la escritura que inauguras y parafraseas, como una naranja que hace de pelota, o como un andamiaje de peladuras multiformes.

Al igual que tú, ya casi no hago listas de la compra. (La última que hice fue, precisamente, para apuntalar por un rato la vida de mi amiga en Cuba: levadura, bicarbonato, clavo, romero, un espejo pequeño, vinagre…). El supermercado que hay, literalmente, debajo de mi casa funciona como una prolongación de mi nevera y eso me hace ir más a menudo y desejercitar la memoria. El runrún sordo de los congeladores que sube durante la noche por el patio interior hasta mi dormitorio también me recuerda que hay algo continuo y silenciado –sólo apreciable cuando todo calla-, que mantiene fresca y disponible esa despensa de (casi) todas las vecinas. Que la fragilidad y la precariedad también va por barrios.

PD1. Cuéntame más de Duràs. Nunca la leí.

PD2. Mañana regreso de Cuba y, después de ocho días con dos frentes fríos y un tornado, aún no pude conseguir internet para responderte. Así que esto es un falso directo.

 

 

SFP   Tenía la intención de responderte mañana desde un avión, como si el hecho de reproducir una situación compartida a la hora de escribir fuese capaz de aportar algo a la escritura que añade valor contextual al significado de las palabras. “Olvídate del “cuarto propio” -escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado” escribía Gloria Anzaldúa para invocar a la escritura cuando no existe un tiempo real para ella. “El cuerpo se distrae, nos sabotea con cien estafas, una taza de café, sacar la punta a los lápices. Y ¿quién tiene el tiempo o la energía para escribir después de cuidar al marido o al amante, los hijos, y casi siempre otro trabajo fuera de casa?” Escribir en un avión porque es de los escasos lugares a los que los emails todavía no tienen casi acceso. Y, a la vez, ser incapaz de escribir sin conexión a Internet. Porque la escritura es algo que también sucede cuando nos escapamos de ella, cuando desertamos del enésimo intento de que la palabras nos hagan caso poniendo cierto orden en un pensamiento que sucede con ellas, pero no solamente.

Ayer se me ocurrió proponerte que hiciésemos de esa situación una regla: escribir este texto desde las alturas, usando aquí una frase hecha que pertenece al grupo de las que no me gustan y evito usar cuando aparecen en mi cabeza mientras escribo. Si la tecleo ahora es por esa pequeña satisfacción que existe en autosabotear las propias normas, expectativas o preferencias. Quizás esto se me ocurrió debido a otra preferencia: aquella que consiste en ajustarme a la condición “por defecto” de algunas situaciones. Que las cosas decidan por mí para que yo no tenga que decidir por ellas. Por ejemplo, usar la tipografía que está integrada en los editores de texto cuando los abres. Introducir mi escritura -y mi miopía- en una estructura y un estilo predefinidos. Tampoco hago uso de los filtros que tiene la cámara de mi teléfono cuando tomo una imagen. Esto es una manera consciente de no sentirme perdida ante el exceso de posibilidades. Una decisión que elimina la posibilidad de tener que tomar decisiones posteriores (a la captura de la imagen). Y aquí vuelven a aparecer las listas de la compra (que no hacemos) como una forma de resistencia inconsciente contra la excesiva oferta de productos de los supermercados. Desde que vivo en Berlín, cada vez que vuelvo a España y entro en algún supermercado, paseo por ellos de manera atenta y aturdida a la vez. Me fijo especialmente en la sección de yogures por lo prolífica que es en su incorporación de nuevos sabores o tipologías de yogur. Es una de las muchas maneras que tengo de medir el tiempo prescindiendo de los relojes. Es también una forma de confirmar materialmente lo rápido que avanza el capitalismo en la creación de nuevas necesidades que no necesitamos mientras nos pide que seamos más críticas y austeras con nuestros hábitos de consumo. O una manera de intuir aspectos más profundos de cada identidad cultural desde el pasillo de un supermercado. La abundancia de productos lácteos dietéticos de España es diametralmente opuesta a la ausencia de lo “light” en su versión alemana. Y sobreentiendo que esto se corresponde con una mayor obsesión por el peso en un lugar que en el otro y seguramente con la mayor proliferación de desajustes alimenticios. A veces fantaseo con que sólo existe un producto dentro de cada modalidad de producto. Que sólo hay un tipo de yogur o un tipo de chocolate. Si esto fuese posible, ¿qué yogur dejarías en las estanterías del supermercado?

Aunque leí a Marguerite Duras hace relativamente poco, apenas recuerdo aquellas frases que, mientras leía, deseaba no olvidar nunca. Abro La vida material para buscar alguna frase que haya subrayado -nunca le tuve tanto respeto a los libros como para no habitarlos con una marca de lápiz, incluso de bolígrafo cuando no tengo un lápiz a mano- y, de entre todas las palabras que dos páginas pueden contener, como extrayendo partes de un andamio sin miedo a que este se caiga, están marcadas las siguientes -que traduzco aquí desde el catalán-:

-”Durante quince años tiré mis manuscritos según salía el libro

-”… de las rebajas, las archirebajas, las rebajas rebajadas […] La ropa blanca, los saldos del verano en el otoño, los saldos del otoño en el invierno, todas las cosas que compran las mujeres como quien se droga, porque son baratas y no porque las necesiten…

-”Se trata de una existencia como escrita, ya descrita, incluso desde su punto de vista

Releo -como quien lee por primera vez- el párrafo que contiene la última frase para entender mejor a qué se refiere Marguerite Duras con esta afirmación. Y conecta con ideas, aunque no palabras concretas, que mi memoria sí ha mantenido y que se refieren a la libertad que puede existir en situaciones de reclusión. La de las mujeres dentro de una casa, en este caso, y pienso en la comunicación como prisión contemporánea, también en el encierro de una existencia en tránsito escrita, ya descrita, desde un punto de vista externo que interiorizamos como propio. Pero sé, adelantándome a mi propia desmemoria, que recordaré a Marguerite Duras más por una conversación en la que ella apareció, junto a algunas de esas personas ilustres que siguen viviendo aunque se hayan muerto hace muchos años, que por el recuerdo exacto de sus palabras o ideas. Una conversación que tuvo lugar en Madrid justo después de la inauguración de Vida de O. de Lúa Coderch con ella, con Julia Spínola y con Mariano Mayer. Y es aquí donde Marguerite Duras se parece a los objetos y funciona como una “máquina de memoria” autobiográfica que me devuelve continuamente a aquel momento compartido con ellos, por tomar prestado un término que tú has usado en tu texto sobre el final de la vida de los objetos. Sobre la muerte humana todavía creo que alguien se muere cuando se muere el último recuerdo que existe sobre esa persona. Como también creo que hay personas que se mueren porque dejamos de querer que sigan viviendo en nuestras vidas. ¿Sucede lo mismo con los objetos? ¿Cuándo crees que se muere un objeto?

 

 

BC   Por ahora, no tengo más aviones a la vista. Tendremos que abortar tu plan.

Te leo y se me agolpan las ideas. Y he de hacer un esfuerzo tremendo por no escribirte entre líneas y colarme entre las tuyas… Igual la escritura tiene algo de escapismo, pero también de domesticación y tiempo, de tensar y soltar, de rendirse y vencer, hasta la siguiente palabra. Sin que suene a excusa, siempre he tenido la sensación de que la escritura no es fruto de mi voluntad, sino “otra cosa”: un “compromise” a la inglesa, un arreglo, una cesión, un “ni pa ti, ni pa mí” entre el deseo y la posibilidad que nos deje medianamente satisfechas. Más aún cuando se publica, que ya no es de nadie y es de todas. En todo caso, se me hace imposible (y envidio) la capacidad de concentración de Anzaldúa.

Y esto me conecta con tu afición por amoldarte a la condición “por defecto” de las situaciones, para que decidan por ti sin ti. En los últimos tiempos vengo rumiando acerca de cuánto y cómo dejamos espacio –en la vida, la investigación, las relaciones afectivas…- al “por defecto” tuyo, o a “lo(s) otro(s)”, al azar, a lo imprevisto, a lo que no habíamos calculado y nos trasciende, a los puntos ciegos, lo accidental, o a lo que acontece e irrumpe sin haber sido invitado. Cómo llevarnos bien con todo ello: que no implique una desresponsabilización de las acciones, pero sí la incorporación liberadora en la acción de ingredientes oscuros y desconocidos. Y, simultáneamente, reivindicar la agencia y su (co)responsabilidad como un asunto distribuido y por re-distribuir (y aquí pienso fuerte en el feminismo). O igual hay que dejar lo oscuro en paz… Serán perogrulladas excesivamente personales, pero se me hacen relevantes cuando, por un lado, seguimos arrastrando en la investigación epistemologías modernas de sujetos-cuñao voluntariosos, controladores y “descubridores”; y por otro lado, muchas jóvenas de clase media (y ascendencia rural, como plus), hemos sido socializadas con ahínco en la cultura individual del esfuerzo, la voluntad, la hiper-responsabilidad y el trabajo como vehículo prometedor para la superación socio-económica (ja!). Agotadorrrrr. ¿Tú qué tal te llevas con lo oscuro y azaroso?

Justo ayer hablaba con alguien del agobio que produce el exceso de posibilidades y la velocidad de las novedades, por ejemplo, a la hora de escoger una película en plataformas online. La de veces que intentado escoger “La” película, acabas por irte a dormir. También en lo sonoro. Y es que estoy mutando de ser una lectora de revistas musicales y bolígrafo en mano, paseante con cascos, caza-temas alegre y radio-oyente entregada, a vivir en modo “mute” casi permanentemente. Y me da pena.

En el caso de los yogures, lo tengo claro: salvaría de la quema al yogur griego natural NO azucarado. ¿Y tú? Porque se mueve entre lo salado y lo dulce, por su textura, porque casi todo lo que viene de Grecia es bueno, y porque es muy versátil y da pie al tuneo y la imaginación. ¿Conoces “La invención de lo cotidiano”, de Michel De Certeau? Allí habla de tácticas y estrategias y relata cómo las amas de casa francesas hackeaban las tentaciones capitalistas, en forma de nuevos yogures con fondo de mermelada, comprando por separado los yogures naturales baratos de-toda-la-vida y los botes de mermelada, para luego en casa, remezclarlos.

No sé si te refieres a esto cuando hablas de crítica y austeridad en los hábitos de consumo (¿me explicas más?, que me interesa), pero sí que sospecho que el minimalismo al que se nos invita desde ciertos discursos eco-capitalistas tiene que ver más con una moralidad estética superficial e individualista que con una transformación profunda de las condiciones de producción y de vida. Jonnet Midleton, co-madre artista y activista del “mending”, lo tiene claro: ella sostiene que este minimalismo es una mezcla de interiorismo e industria del bienestar personal que promete una vida libre de excesos y plena de libertad individual. El minimalismo nos deja la percepción de control y orden -lo que me conecta con los desajustes alimenticios que tú comentabas… aunque también el consumo impulsivo ofrece una satisfacción momentánea-, en base a la fantasía de que la materia sobrante puede desvanecerse sin consecuencias para nadie. Aunque el minimalismo presente beneficios nada desdeñables para el bienestar mental, dice Jonnet, esa paz interior (personal) no resuelve la violencia planetaria infligida colectivamente por el consumismo soberano que ahora muta y se adapta para intentar contrarrestar los defectos de la sobreacumulación. Ella se autoimpuso un protocolo por el que nunca más volvería a comprar ropa, pero eso no significa vivir SIN (ropa, objetos, etc…), como carencia o austeridad, sino CON su exceso, asumiéndolo -¿“stay with the trouble”?- y dando vida a sus cosas para hacerlas durar.

Si sólo existiera un producto de cada modalidad, quizás ocurriría como en Cuba, donde la estandarización masiva de los objetos cotidianos provenientes de la Europa comunista, favoreció, según Ernesto Oroza, el aprendizaje de un conocimiento técnico común. Como efecto, también facilitó las reparaciones, la disponibilidad de piezas de repuesto, o la proliferación de soluciones ingeniosas en distintos lugares de la isla. Lo cual luego, durante el “Periodo Especial”, ayudaría a afrontar el bloqueo económico y la escasez de materiales. “Esa es la primera expresión de desobediencia de los cubanos en su relación con los objetos: un irrespeto creciente por la identidad del producto, tanto como con la verdad y autoridad que esa identidad impone. De tanto abrirlos, repararlos, fragmentarlos y usarlos a su conveniencia, terminaron desestimando los signos que hacen de los objetos occidentales una unidad o identidad cerrada”, dice Oroza.

¿Aunque quizás un riesgo de la estandarización -llamémosle ahora ‘pensamiento único’, forzando un poco su desplazamiento- sea precisamente la normalización de una “existencia como escrita, ya descrita”, incluso interiorizada como propia y singular, como decía Duras?. Y pienso todo el rato en los concursos televisivos de “talentos” donde martillean a cada participante “sé tú mismo”, mientras hacen con ellos salchichas de frankfurt.

Hablando de muerte… Una vez, cuando iba al instituto, la profesora de filosofía fue desmontando poco a poco un bolígrafo Bic y, a cada paso de su despiece, nos iba preguntando: “¿Qué es esto?”. Nuestras respuestas iniciales eran rápidas y seguras -“uuuun boliiii”-, hasta que llegó un momento -¿Quizá cuando separó la carga de tinta de la funda plástica transparente?- en que no supimos qué responder o lo hacíamos de forma disonante. En ese momento, la muerte ontológica del objeto parecía estar asociada a un delicado desequilibrio en la ecuación o relación de fuerzas establecida y reconocible entre forma-función-materia. A día de hoy, creo que sostengo un sentido más relacional de la muerte objetual pero sin renunciar a su inmortalidad material. Así, aunque un objeto pueda ser tan destruido que no pueda ser reconocido como tal ni conserve un ápice de su identidad, su materia perdurará aún en descomposición o transformación continua: “cualquier plástico dura más que un amor eterno”, dicen los queridos Basurama. Y nosotras no le sobreviviremos. Y tampoco el antropocentrismo recalcitrante. Pero quizás se pueda superponer otra capa más a esta dimensión material y sostener, de forma similar a lo que tú dices, que la muerte de un objeto acontece cuando los vínculos y relaciones con dicho objeto dejan de ser significativos, íntimos, afectivos (nos afectan y afectamos). Mi abuelo, estando moribundo, soñaba vívidamente que cantaba las cuarenta en partidas de guiñote. Y ganaba, claro. Pero no estoy tan segura de que con sólo dejar de querer que alguien o algo esté en nuestras vidas, así muy voluntariosamente, vaya a “morirse”. Una tipa muy sabia –pediatra, psiquiatra y psicoanalista- me explicaba que lo contrario del amor no es el odio, sino el desamor. Y lo contrario del odio, la indiferencia. ¿Quizás entonces los objetos mueren cuando nos son indiferentes? Aunque nos sobrevivan.

 

 

SFP   En el último texto que escribí con pedigrí literario -nos pasamos los días y las horas tecleando frases en el teléfono que rápidamente se convierten en residuos comunicativos, como ese periódico de ayer de la canción de Héctor Lavoe- hablaba de la dependencia de la escritura, al menos de la mía, con respecto a las lentes de contacto. ¿Sienten ellas indiferencia hacia mi o condición miope? Leerte me hizo recordar a Baudrillard cuando habla (o hablaba) de que la principal pasión de los objetos es su indiferencia. ¿Puede la pasión ser desapasionada?  Porque no nos desean o necesitan tanto como nosotros a ellos. En el inicio de aquel texto se mezclaron varias cosas, entre ellas notas de audio con Irina Mutt sobre los efectos y miedos prácticos que la ceguera parcial -o la visión borrosa- tienen en aquellos que somos muy miopes. Cosas como hacer el amor -un amor que se puede hacer sin estar enamoradas- en una nebulosa matinal en la que mirar se vuelve un gesto háptico y los ojos se trasladan a las manos para reconocer el cuerpo del otro. Aquel texto, entonces por escribir, me hizo fijarme más en una idea que aparecía en un texto de Rasmus Nilausen que entraba en mi bandeja de entrada hace unos días para anunciar su última exposición. Y esta es la permanente dependencia de la escritura hacia las manos. Él la usaba para referirse a su pintura y yo se la tomé prestada para pensar en la condición visual y no sólo háptica de mis procesos de escritura. Porque, por muy diferente que sea utilizar un bolígrafo -¿llegarán a desaparecer algún día? ¿es cierto que en Finlandia quisieron desentenderse de la caligrafía y convertir el gesto del trazo en el gesto de la pulsación?- o un teclado de ordenador para escribir, ambos gestos son todavía totalmente dependientes de las manos. Supongo que la aparición de mis lentillas en el origen de aquel texto también tuvo mucho que ver el hecho de que desde hace algunos días la miopía de mi ojo izquierdo ha aumentado de manera considerable. Percibo el mundo de manera borrosa incluso con lentillas o gafas y esto me hace más consciente de mi condición miope todo el tiempo, no sólo por las mañanas o las noches.  Es más, vuelve con fuerza a mí esa pregunta que me he hecho desde niña desde vez en cuando: ¿qué sucedía con los miopes en la Edad Media, cuando no existían ni las lentes de contacto ni las gafas? ¿estaban totalmente inhabilitados para la vida? ¿eran socialmente excluídos? ¿quién cuidaba de ellos? ¿tenían visiones místicas?

Esta dependencia de ciertos dispositivos de visión es una constante en muchas personas. ¿Tienen miopía los gatos? Los necesitamos para escribir, para leer, para elegir los yogures en el supermercado, para percibir la ideología que hay entre las líneas de un texto, para encontrar una tableta de chocolate en el fondo de una maleta que ha estado viajando durante muchas horas, para elegir el programa de lavado que limpie la ropa que lleva varios días en esa misma maleta, para desmontar un bolígrafo o para pensar de manera visceral. Pero los efectos de la miopía también son emocionales. En mi caso, una continua y sutil sensación de impotencia, que se manifiesta en arrebatos intermitentes de enfado a lo largo del día. ¿Tú usas gafas o lentillas? Para aquellos que hemos tenido que llevar gafas desde los años 80 es ciertamente paradójico que en los últimos años se hayan convertido en un elemento que aporta distinción o clase, incluso propiedades eróticas.

Volviendo a la indiferencia del objeto desde una lógica deductiva y dialéctica, si esta es lo contrario al odio, ¿podrían llegar a odiarnos los objetos? Se me ocurre que la indiferencia es además un desenlace indolente -placentero y decepcionante a la vez- tras los delirios del amor y de su antagonista, el desamor. Y que, entonces, también es posible pensar que los objetos pueden amarnos, quizás desde la obligación y la necesidad que tenemos de corresponder nuestro amor por ellos o por algunos de ellos. ¿Se puede corresponder en el amor? ¿y retribuir? Si extraviamos por un momento la condición vehemente de las construcción romántica del amor, ¿podría entonces ser el amor un acto de voluntad? Justo anoche escuchaba a Brigite Vasallo hablar del sentimiento romántico y no sólo del pensamiento romántico. De cómo la construcción del amor que heredamos y (re)producimos nos hace sentir de determinada manera y cómo, además, se da una analogía entre la conformación del estado nación y la noción de pareja que practicamos a través de la exclusividad. ¿Qué vendría a ser un amor inclusivo? Y, más importante, ¿cómo practicarlo? A veces no creo que se trate de elminar el romanticismo en nuestras vidas, sino en ampliarlo hasta el extremo. Hasta los objetos y las cosas. También escuchaba la semana pasada a Mari Luz Esteban refiriéndose a cómo este mito del amor con efectos materiales en nuestras vidas se fundamenta en ficciones tan imposible  como su capacidad para ser aquel espacio donde se unen las diferencias irreconciliables. El amor como ese marco de la puerta donde se encuentran a diario una agorafóbica con una claustrofóbica. ¿Será el amor una manifestación de la condición miope de nuestros afectos?¿Podrían ser también miopes los objetos? Parece que restaurar la dignidad de los objetos tenga que pasar casi inexcusablemente por concederles atributos humanos. Quizás este supuesto desplazamiento a la enésima perfieria simplemente nos coloca en otro nuevo centro o cambia el centro de lugar.

Sobre la muerte, recuerdo haber fantaseado con el suicidio desde niña desde una perspectiva extremadamente pragmática. También de haber llegado a la conclusión de que el suicidio es un acto poco empático, pero no desde la perspectiva moral de la tragedia , sino desde el carácter ético que tiene todo lo práctico.  Es decir, ¿qué pasa cuándo alguien se muere? ¿Quienes pagan su entierro, sus facturas, sus deudas pendientes? ¿Quienes organiza todos esas vidas materiales que deja una persona cuando no está? ¿Quienes se encargan de sus libros, de su ropa, de todos sus objetos? ¿Quienes vacía su casa?¿Quienes la alquilan de nuevo o quienes quiere alquilar la casa o la habitación de una persona que se ha suicidado? ¿Quienes pagan las horas de terapia de aquellas personas que son afectadas por la muerte del suicida? ¿Quienes se responsabilizan del dolor que deja una muerte cuando la supuesta persona responsable de dicha muerte no puede hacerse cargo? ¿A qué responde un suicidio? Creo que esta cadena de responsabilidades materiales e inmateriales que produce el suicidio de alguien demuestra la condición colectiva de todo problema cuando la vida es una red de co-dependencias y no una manifestación de la presunta autonomía de cada ser humano. Los grupos de conciousness raising de finales del los 60 lo sabían muy bien y creo que Mark Fisher se refiere a ellos sin mencionarlos cuando dice que “bastaría con que dos o más personas se reúnan para poder comenzar a colectivizar las tensiones que el capitalismo privatiza”. Precisamente alguien que acabó quitándose su vida y que sigue presente en nuestras vidas gracias al cuidado que otras personas hacen de la materialización de su pensamiento.

La muerte me conduce además a Notre Dame de París, que se ha quemado ayer. Todavía no he leído las noticias, pero sí he visto superficialmente en Twitter sucesivas odas a un edificio que, como icono cultural de la historia de Europa, me han hecho darme cuenta de también existe lo que podríamos llamar animismo arquitectónico. Y cierta jerarquía en este, cuando algunos edificios están tocados por el alma que producen los episodios extraordinarios de la historia. ¿Que se ha muerto de Notre Dame anoche? ¿Encarna un nuevo episodio del mito del Fénix, que es capaz de renacer de sus propias cenizas? Pero las cenizas ni renacen ni se recogen solas.  Lo más curioso es que precisamente ayer, precisamente en un avión en el que pensaba en escribirte y no lo hice, leía un texto titulado Playing with Fire de Kristen McClearly en el que ella cuenta cómo los incendios que se producían en los teatros al principio del siglo XX eran percibidos como “el resultado del deficiente control humano sobre el entorno material, con la creencia implícita de que los avances tecnológicos terminarían con dichas tragedias” y cómo, por contrapartida, “las tragedias en clubes nocturnos se han visto como un resultado directo del error humano”. Es decir, que la responsabilidad con respecto a cada tipo de incendio se entiende de manera muy diferente. Mientras que el primero parece suceder por los designios de una naturaleza ingobernable o violentamente rebelde contra la que poco puede hacerse, el segundo es producto de la mala gestión del entramado de relaciones materiales, sociales, políticas y económicas que producen los espacios entendidos como eventos que, además, acogen eventos. Intuyo -porque sigo sin leer las noticias- que el incendio de Notre Dame podría estar combinando ambas perspectivas, en las numerosas entrelíneas del lamento general por su eclosión. El fuego como entidad conecta también con la muerte desde su evidente conexión con la vida. La existencia corporal del fuego implica la combustión de los cuerpos que lo posibilitan. Como el agujero o los fantasmas, no parece tener una ontología propia, sino que sucede habitando -y destruyendo- la vida material de otras entidades. Como el virus, necesita de un anfitrión que le ceda un cuerpo.

Horas antes había vuelto a Notre Dame desde el carácter múltiple del pasado: el de la teoría de la historia del arte gracias a Gombrich y su estudio de la psicología en las artes decorativas en El sentido del orden; y el mío propio como estudiante de historia del arte hace casi veinte años. 20 años… Como si al escribir el número aumentase la magnitud de esta temporalidad que es apenas nada en la historia de la catedral de Notre Dame. Gombrich me hizo volver al Gótico, al Renacimiento,  a Riegl o Worringer, de quienes tengo un recuerdo miope que reaparece en los últimos años debido a este “giro material” de la teoría y la sensibilidad contemporáneas, a través de la historia formal de motivos decorativos que, a la manera de organismos mutantes, se adaptan y sobreviven a lo largo de aquello que conocemos como Historia del Arte o de la Arquitectura. Me pregunto cómo se sentirían todos estos historiadores ante la noticia del incendio de Notre Dame. Me imagino incluso artículos suyos en periódicos relatando sus glorias -pero no las muertes que seguramente sucedieron en su construcción- y las grandes pérdidas que ese fuego ha producido, poniendo en evidencia cómo algunas cosas tienen mayor condición humana que ciertos humanos. Porque, como señala Braidotti en otra conferencia que vi en diferido hace semanas, la condición humana no es igual para todos los humanos. No todos somos humanos de la misma manera y con los mismos derechos.

También ayer, antes de embarcar, también de manera superficial, leía  la propuesta de un político alemán que sugiere que cada ciudadano ¿residente en Alemania? solo tenga derecho a 3 vuelos al año como medida contra la crisis ecológica que estamos viviendo. Creo que mi primera reacción fue preguntarme sobre la viabilidad de su propuesta. Para el sistema en el que vivimos, donde las cosas -incluidos nosotros- estamos en permanente tránsito en las culturas occidentales -porque, a la vez, las fronteras y los bloqueos son muy fuertes para otras personas y cosas dentro los territorios, tierras que no son igual para todos-, y para mí propia estructura de vida actual dentro de ese sistema. Reconozco que la culpa derivada de mi propia responsabilidad o la legítima y acertada sugerencia de este político se mezcló con el miedo a que realmente sucediese. Pero luego pensé que si se aplicase de manera integral, el problema dejaría de ser individual para convertirse en una cuestión, también solución, colectiva. Leer a Emilio Santiago Muíño me ha hecho estar de acuerdo con él en que la única solución posible a la crisis global de nuestro sistema es una vuelta al Neolítico. No viajar largas distancias, no consumir productos que vienen de demasiado lejos, no vivir permanentemente conectados a Internet, puedes que hasta no bailar o escuchar techno. Sin embargo, trabajar al lado de casa parece haberse reconvertido en un privilegio, cuando antes era una situación habitual y posiblemente opresiva para algunos. Como puede llegar a ser ahora sofocante tener que visitar aeropuertos una y otra vez, acariciando ansiosamente la pantalla del teléfono, para cruzar países gracias a esa compresión temporal y espacial del territorio que experimentamos dentro de un avión. Intento no ser fatalista, pero cada vez que voy a un supermercado o transito por un aeropuerto, dejando huellas de mi paso por ellos gracias a toda la cantidad de plástico y o de cosas que se vuelven residuos eternos tras menos de un minuto de uso, me sobreviene una sensación de derrota absoluta. La convicción de que, efectivamente, estamos dirigiéndonos hacia una zona, sino oscura, irreversiblemente irreparable. Y esta vez el sentimiento no es miope, sino desoladoramente nítido. Sobre todo cuando acudo a motivos teóricos, a la manera de elementos decorativos para el pensamiento, como ese “permanecer en el problema” de Donna Haraway y no me consuelan demasiado. Permanecer en el problema, pero por obligación y no desde una elección con rémoras heróicas. Permanecer, sí, pero ¿cómo y dónde? En el problema, también, pero ¿dónde está su origen cuando todo es parte de su “en medio”?

 

 

BC   Te comienzo a escribir mientras hay una perrita a mi lado. Le pregunto mirando a sus ojos saltones que qué sabe ella de la miopía, pero me gira la cabeza y sigue descansando. Y entonces recuerdo, no sé si mito o no, eso de que los perros no pueden comer chocolate porque se vuelven ciegos.

Supongo que mis lentes de contacto mensuales (no tengo muchas dioptrías pero soy altamente dependiente de ellas) y mis gafas (que me pongo sólo en la intimidad de casa…quizás porque sigo anclada en los 80) sienten absoluta indiferencia hacia mi miopía, pero a mí tampoco me importa. Desde paradigmas relacionales de agencias distribuidas, las intenciones o la indiferencia tampoco importan mucho en la capacidad objetual de hacer(nos) hacer. Foucault ya lo avanzó apelando a los EFECTOS de las relaciones de poder, más allá de la voluntad y las (buenas o malas) intenciones. O a los efectos de verdad, puliéndose las verdades objetivas. Así que acepto su indolencia mientras me ayuden a teclear este texto. Y yo les doy uso, aunque tampoco les importe. Hasta que el nivel de grasa acumulada de mi lagrimal les entorpezca su tarea, y por tanto mi visión; o hasta que mi propia vejez ocular aumente las dioptrías y las vuelva obsoletas. A pesar de -o gracias a- su indiferencia, y movidas por mi interés y necesidad, logramos encontrar un compromiso mínimo precario y desigual (seguro que yo las necesito más que ellas a mí). Un mientras tanto discontinuo que se va revisando y actualizando, hasta que llegue a su fin… ¿Como el amor? ¿Pasará con las lentillas o con otras cosas como con las casas, que el desuso las deteriora? Y de repente me he acordado de Bifo y Marazzi, quienes sostenían en defensa de la cultura libre que ciertos bienes intangibles, como el software, aumentan su valor y calidad cuanto más circulan, más se extienden y más uso se les da. Aunque la Jurado cantara eso de que “se nos rompió el amor de tanto usarlo”.

Me gusta lo que explicas sobre cómo mirar con las manos porque rompe con la exclusividad y correspondencia unívoca entre órganos y sentidos y reconoce al cuerpo como todo un gran órgano sintiente. “Lo más profundo es la piel”, decía Paul Valery. Y me hace recordar que cuando estudiaba carpintería, llegaba un momento en que los ojos ya no eran suficientes y no alcanzaban para percibir con precisión la calidad de un trabajo. Y entonces, tenías que cerrar los ojos (o mirar hacia otro lado, como al infinito) y tocar con las yemas de los dedos la pieza de madera, explorando, palpando y acariciando las irregularidades más finas, las asperezas que pedían ser pulidas, o los saltos entre bordes de piezas independientes que aspiraban a quedar unidas.

Mi abuelo también cambió su humor, como de fastidio (aunque siguió siendo muy afable), cuando comenzó a quedarse sordo y a desconectar de las conversaciones de su alrededor. Lo cual quizás sea una prueba más de nuestra condición de seres irremediablemente ecstáticos (ek-statis: fuera de nosotras mismas, abiertas al afuera) y por tanto vulnerables y necesariamente interdependientes de las otras, como apuntan Butler y tantas feministas. Pero quizás, lo que también prueba su enfado (y el tuyo) es que, paradójicamente, esa ex-posición y esa interdependencia de las otras y el entorno sea también la que nos provee, paradójicamente, de cierta seguridad y autonomía. Y estaba pensando, medio en broma medio en serio, que el enfado quizás sea un mecanismo de defensa, una forma de protección emocional ante esa posible amenaza e inseguridad cuando nos percibimos arrojadas al mundo pero, simultáneamente, desconectadas sensorialmente de él. Así que no sé si los miopes medievales debían ser cascarrabias o bien su esperanza de vida era más corta que su vista y morían antes de ser demasiado miopes. Me he acordado también de los lazarillos, como el de Tormes, y la negociación continua entre ciego y lazarillo que alimenta la trama literaria.

Quizás la indiferencia involuntaria que muestran hacia nosotras los objetos no esté reñida con cierta idea de amor-desamor objetual, pues está claro que unas y otros tenemos la capacidad de afectar y ser afectadas mutuamente. Es decir, que aunque no haya nada personal (pero sí singular) ni voluntario en cómo somos tratadas por ellos, los efectos de dicho trato mutuo derivan en estados y condiciones más o menos “amorosas” (o desamorosas) para todas las partes involucradas. Igual me pongo muy spinoziana, pero si la composición entre determinado objeto y yo nos posibilita la ampliación y desarrollo de nuestras propias potencias (aunque nunca sean del todo propias ni individuales), entonces quizás podríamos hablar de EFECTOS (des)amorosos. Como esa casa que se mantiene en pie gracias a que es habitada y utilizada, por volver al ejemplo. O como las lentillas que limpio cada noche, manteniéndolas hidratadas y manteniendo ellas así mi vista, al día siguiente, en correspondida simbiosis.

 

 

Y si esto es así, correlativamente, la casa que no es mantenida y acaba por caerse, ¿podría (involuntariamente) llegar a hacernos daño, si nos pilla bajo su techo, como efecto del descuido y el “desamor”? Hace unos días leía un artículo donde diferentes antropólogos materialistas sostenían que reparar sana los vínculos y fortalece, equilibra y hace a las sociedades más amables. Yo me lo creo, porque lo he comprobado muchas veces con las Restart Parties. Reparar cosas “establishes continuity, endurance and material sensitivity”, dice Francisco Martínez en ese artículo. Y Daniel Miller aún va más allá y asegura que las relaciones entre personas y objetos materiales tienden a ser recíprocas, y que cuando restauramos o reparamos cosas, ellas también nos restauran a nosotras. Así que te dirían que sí, que se puede corresponder en el amor. Tú, ¿te sientes cuidada y querida por tus cosas?

En todo caso, aunque esta afección mutua demuestre que se puede co-responder en el amor (objetual), yo supongo que, como todo amor, ocurre sin garantías, miopemente: no siempre ni para siempre, no necesariamente, ni de forma equivalente o equilibrada entre las partes, ni obligatoriamente, ni siquiera voluntariamente. Es una apuesta. Volviendo a tu argumento: ¿Será que un amor inclusivo, además de libre, abierto y deseante, es aquél miope, por presentista y de corto alcance, que avanza a tientas, sin asumir que cada elemento permanece necesariamente ni para siempre en “su” sitio? ¿Ni siquiera nosotras mismas? O volviendo a tu imagen, ¿quizás el amor inclusivo consista en construir umbrales para habitarlos en el presente, momentáneamente? ¿O bien para atravesarlos de ida y vuelta, transitando las diferencias de cada lado? Por eso me gustaría pensar que, al igual que no tienes por qué ser yo, ni como yo, para poder respetarte y amarte, tampoco los objetos deberían humanizarse para dignificarse. Y así, quizás el amor inclusivo tenga que ver más con re-conocer y aceptar lo singular (no necesariamente lo personal, ni humano) del otro que con hacernos iguales, atravesado siempre por una tensión irremediable entre lo común que nos une y lo singular que nos distingue. Y en ese juego de diferencias y afectaciones mutuas, quizás podamos llegar a extrañarnos de nosotras mismas (y de la supuesta condición de humanidad) y descubrir a tientas, miopemente, que también cambiamos y podemos convertirnos en otras. ¿Dar(se) una oportunidad?

Más aún: no creo que seamos nosotras, ni nadie, quienes hayamos de otorgarles su dignidad a los objetos (¡menuda soberbia humana!). Tampoco ellos la piden, pues no la necesitan. “¡Déjalos en paz!”, me dijo un amigo cuando le pregunté sobre cómo aproximarnos a los objetos desde las ciencias sociales. (No le hice mucho caso, obviamente). Existen y con eso basta. O dicho de otra manera: ojalá la dignidad vaya ligada a la mera existencia –porque sí- y no a ningún esfuerzo o mérito extra que se haya de probar. Valga esto para objetos y humanos. Como la terrible frase de “ganarse la vida”, sobre la que me llamó la atención mi amiga Viti, cuando la vida, como dice ella, ya la hemos “ganado” por el simple hecho de existir. Eso, a pesar de que para muchas existir sea resistir. Conectado con lo que dice Mark Fisher, me viene el dicho actual de “usted no necesita un psiquiatra, sino un comité de empresa”. Marta Sanz, tan aguda y sensible como es para describir asuntos materiales, corporales y laborales, apunta: “parece que el malestar sistémico se reinterpreta como patología de la que solo es responsable el individuo”. Cuando es el individualismo y el aislamiento (neoliberal) lo que nos enferma.

Tus preguntas sobre el suicidio me han hecho acordar de una de las entrevistadas del proyecto Objections, una mujer de unos 60 años que vive sola en su casa del pueblo y que poco a poco va regalando, tirando y reordenando las cosas que guarda para no dejar ese “trabajo” a su familia, una vez ella muera. Eso es previsión.

Y si existen jerarquías entre vivos, también las habrá entre muertos. O entre formas de morir. (Las muertes por suicidio duplican a las producidas por accidente de tráfico en España, aunque nadie hable casi de ello). Seguro que hay una lectura moral y clasista en la división incendiaria y reveladora que aprecia Kristen McClearly entre la injusticia natural de los teatros y las chapucerías humanas de clubes nocturnos. De hecho, la misma división entre vivo y muerto me parece la jerarquización más feroz que pueda hacerse. ¿Qué vidas merecen ser vividas? ¿Qué muertes son lloradas?, se preguntan las feministas. Un dato: el Museo Nacional de Brasil, consumido por un incendio en septiembre del 2018, recibió en 7 meses el 0,034% de los fondos que se donaron a Notre Dame en 24 horas. ¿Qué rescatamos y mantenemos, y de qué nos deshacemos? Ésta era, precisamente, una de las preguntas nucleares de Objections. Quizás Notre Dame nunca muera, como la Gioconda. O más bien, nunca dejen que muera, como detalla Fernando Domínguez Rubio en un artículo estupendo. En la línea de lo que apuntabas, Paul Preciado escribió unos días más tarde del incendio que la decisión de reconstruir Notre Dame fue la primera medida política de Macron verdaderamente convergente y nacional. O universal, se podría pensar. Y propone: “Es preciso, contra el frente restaurador crear un frente para defender Notre Dame de las Ruinas. No reconstruyamos Notre Dame. Honremos el bosque quemado y la piedra oscura. Hagamos de sus ruinas un monumento punk, el último de un mundo que acaba y el primero de otro mundo que comienza”. Y me pregunto junto a Jonnet, nuevamente, si acaso la reparación no sea un gesto reformista. (No me atrevo del todo a responder). O más bien, volviendo a nuestra conversa anterior: ¿Cómo hacer de la reparación un gesto político radical y transformador? ¿En qué condiciones puede ser político y cuándo deja de serlo?

Reconectando con tu maravillosa imagen de fantasmas, agujeros y fuego parasitario, me vuelve a la cabeza esta idea foucaultiana (otra vez él, lo siento) del poder como parásito de la libertad. Así, como el fuego de su objeto, el poder también requiere de la libertad para constreñirla, aunque el primero se apague y el segundo se agote una vez que objeto y libertad, respectivamente, hayan sido completamente consumidos y dominados. Pero si esto es así, también es cierto que donde haya poder (y libertad) habrá resistencia. Y donde haya fuego, oxígeno. Además de una materia que resiste y combustiona, más o menos, a distintos grados.

Si reducir el número de vuelos nos fuerza de algún modo a romper la baraja y modificar las formas de vida productivistas de este “turbo-capitalismo” matador, como dice Jara (Rocha), lo aplaudo y me saco el abono de la Renfe. ¿Sabes que en el DF, en la última crisis de contaminación de aire que hubo este mayo, el gobierno recomendó no prender velas ni incienso… ni usar lentes de contacto? (Tendríamos que volver a las gafas). A raíz de esa crisis, también se comenzó a discutir por redes la necesidad de cambiar el modelo de trabajo y facilitar el tele-trabajo (eso, sin contar con la huella ecológica de internet). O incluso trabajar menos. Así que no sé si al neolítico, pero sí que necesitamos inventar o volver urgentemente a otras relaciones espacio-tiempo. ¿Te he dicho que sueño con recorrer pueblos, archivos etnológicos y lugares con más carestía y limitaciones materiales para explorar, recuperar y actualizar prácticas y gestos cotidianos de sostenibilidad doméstica y comunitaria? A lo mejor podríamos aprender algo, o imaginar posibles a partir de lo anterior. Porque si algo demuestra (también) esta crisis medioambiental es que los humanos somos bastante inútiles en eso de calcular tiempos (largos) y escalas. ¿Viste que Valencia tuvo que gastar más de 8 millones de euros en limpiar casi dos kilómetros de un colector, taponado por más de 5.000 toneladas de toallitas húmedas? Pensar en la fuerza de ese objeto minúsculo y ligero (y biodegradable, anunciaban) escapando de todo pronóstico temporal y numérico y reventando presupuestos e infraestructuras, me explota la cabeza. También me la explota (positivamente) la imagen de Malasia devolviendo 5 contenedores de desechos plásticos no reciclables a España, negándose así a convertirse en nuestro vertedero. Porque nos fuerzan a pensarnos, necesariamente, en común e inter-dependientes, desde responsabilidades colectivas. No desde la teoría, sino desde la practicidad que impone la suciedad.

Parece que la dimensión de este colapso climático, seguramente irreparable, nos va a obligar a aprender a luchar sin esperanza, como apunta la escritora Eliane Brum. Pero también a aprender a luchar en colectivo, porque no queda más remedio, como nos recuerda Malasia. O a luchar no para ganar, sino para resistir. O incluso para terminar “perdiendo”. (El pensamiento occidental es dicotómico, lineal y progresivo, desarrollista, como si sólo hubiera una dirección “ganadora” posible y ésta siempre debiese ser ascendente). Eliane Brum -¿como Haraway?- también sostiene que la catástrofe climática no es el fin, sino que está “en medio” (siempre estamos en medio), como bien saben las personas y comunidades que han vivido varias catástrofes y para quienes el mundo se ha transfigurado en numerosas ocasiones, reinventándolo cada vez mediante la rexistencia (neologismo de Viveiros de Castro para referirse a un existir que es eminentemente un resistir). “Los indígenas entienden de fin del mundo porque su mundo acabó en 1500”, con la invasión europea. Así que quizá, si lo desean, puedan enseñarnos a vivir después del fin del mundo “encatástrofe”, sugiere ella.

Lo que cada vez tengo más claro es que sin dejar de co-responsabilizarnos del daño producido, es urgente resistir y aprender a imaginar otros posibles desde posiciones colectivas y heterogéneas más humildes, silenciosas y escuchantes. Y así, al igual que desde el feminismo se exhorta a que quienes vienen ocupando posiciones históricas de poder (desde prácticas hetero-patriarcales y machistas) se aparten a un lado para revisar y redistribuir sus privilegios, y dejar así espacio a quienes han sido sistemáticamente desoídas, menospreciadas y minusvaloradas; quizás también los humanos podríamos hacernos un poco a un lado para callar, escuchar, observar (de cerca, miopemente) y ojalá aprender algo de aquellos otros fenómenos, seres y experiencias que llevan rexistiendo desde hace mucho más tiempo y a escalas imperceptibles para nosotras. Como dice otra buena amiga desde la crítica a la intervención social: no se trata de “dar voz a quienes no pueden hablar”, sino de “dar oídos a quienes no quieren escuchar”. O de construírnoslos. En todo caso, quizás otro aprendizaje pendiente es que esta vez no se trata de “nosotras”, de la vida humana y Notre Dame. ¿Quizás debería haber hecho caso a mi amigo y haber dejado en paz a los objetos?

Y ya me callo

 

PD. Gracias por ofrecer este umbral desde el que darnos el tiempo y regalarnos una lectura/escritura atenta, lenta, íntima y tentativa (¡cuánta t!). GRACIAS. Nos vemos en las calles, entre yogures y mandarinas.

 

 

 

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