Catoptrophilia: la aleación de la imagen.

Con la llegada del logos, se dice que la mayor parte de los relatos que explicaban el mundo se convirtieron en mitos. Cuando ya nadie es capaz de creer en ellos, los mitos se convierten en leyendas, rozando la condición de fábulas por la enseñanza moralizante que transportan consigo en numerosas ocasiones. El componente ficticio del mito consigue, además, que un mismo relato funcione a través de versiones diferentes. Seguramente el desdoblamiento de una misma historia es uno de los aspectos que favorecen su propio descrédito. Cuando algo tiene varias configuraciones, todas son tan válidas como inválidas.

 

Uno de los mitos más conocidos de un pasado griego que roza la misma condición legendaria que sus crónicas sobrehumanas es el de Narciso. A pesar de sus variantes, todas las historias que tienen a Narciso como protagonista de los acontecimientos, se centran en el poder seductor de la imagen. A excepción de una de ellas, también recogen el efecto de seducción de un Narciso indolente que se recrea en la indiferencia de quien tiene demasiado poder sobre los demás. En esa lógica del instante fundacional que recorre gran parte de nuestra historia, podría decirse que Narciso es el primer individuo en sufrir las graves consecuencias de su propia imagen. Gracias a un estiramiento conceptual, podría ser visto como un precursor de la iconodulia laica y pop que define nuestro presente. La leyenda de Narciso es también la historia de una tragedia: la del potencial catastrófico de la imagen. Una imagen -la propia- que nos necesita a la hora de aparecer pero que tras su aparición puede prescindir de nosotros a lo largo de toda su existencia.

 

Si existiese tal cosa como la eisoptrophilia, la pasión de Narciso por su propio reflejo serviría como ejemplo extremo. Lo desmesurado de su entusiasmo desemboca en una muerte doble: la de aquel que observa con vehemencia y la de una imagen especular que no puede existir con independencia de aquello que refleja. Hay un grado de intimidad en la relación que establecemos con nosotros mismos a través de un espejo basada en lo presencial de la situación. Dentro de un espejo nada existe permanentemente. El espejo es siempre una imagen potencial que, para manifestarse, exige una confrontación que solapa al emisor con el receptor. La imagen del espejo es siempre una imagen presencial.

 

En nuestra construcción identitaria el espejo juega un papel fundamental. Gracias a él somos capaces de percibir por primera vez una imagen completa y no fragmentada de nuestro cuerpo. Sin embargo esta ilusión de identificación se desvanece rápido porque el espejo instaura también una ausencia irrevocable. En nuestra imagen no estamos nosotros porque nuestra imagen está fuera de nosotros y de nuestro alcance. Ese yo que vemos es otro y, por tanto, alguien ajeno. Al pensar en el espejo es casi inevitable, desde la reciente tradición occidental del pensamiento, caer en la reverberación de los postulados lacanianos. Pero más allá del reflejo que emite, el espejo es también un objeto. Uno tan excepcional que incluye una mención especial en el listado de fobias que forman parte de la psicología humana: la catoptrophobia o el miedo a los espejos. Invirtiendo el significado del término y demostrando que toda fobia tiene un antagonista a modo de reverso, David Ferrando Giraut presenta Catoptrophilia, donde prioriza la dimensión material de un objeto que siempre tendemos a pensar desde los efectos que produce y no tanto como el resultado de un proceso de producción vinculado a la industria minera. Nos gusta demasiado recrearnos en nuestra imagen como para preguntarnos de dónde vienen los objetos y dispositivos que la producen. Además de sus efectos sobre la psicología de cada individuo, un espejo (por extensión, un objeto) es un nodo de procesos –humanos y económicos- donde el reflejo y la construcción identitaria son tanto el efecto como la causa de toda una estructura de producción y transformación del medio.

 

Catoptrophilia, David Ferrando Giraut   Catoptrophilia, David Ferrando Giraut

 

Poniendo en relación dos objetos distantes en el tiempo pero que comparten una misma finalidad –reflejar y producir la imagen de los miembros de una élite social-, Catoptrophilia es una película de animación en 3D en la que un encuentro ilusorio permite el desarrollo de un relato en el que la accesoriedad del objeto se traslada al individuo que lo posee. Cómplices de un sistema esclavista, los propietarios de ciertos objetos pasan a ser propiedad de esos objetos. Conectando un espejo egipcio dedicado a la diosa Hator con el que Nefertiti fue obsequiada en el siglo XV a.C con el iPhone 4 Elite lanzado por Apple en 2011, Catoptrophilia es un insistente recorrido visual por ambos objetos que se apoya, tanto en el relato oral de una voz en la que el tono científico se mezcla con la letanía de los acontecimientos que narra, como en una banda sonora en la que la reiteración de los mismos sonidos nos instala en una situación de culto en relación a esos dos objetos. Separados de sus funciones y sus usos habituales, lejos de la presencia humana, ambos objetos emanan el poder de una jerarquía ante la que cualquier intento de sublevación queda invalidado.  Catoptrophilia consigue que un espejo sea algo más que una superficie reflectante y que un iPhone sea algo más que un teléfono. Logra que dos objetos con funciones prosaicas adquieran el estatus de un ídolo. También que aquellos objetos con los ciertos individuos de una élite se desmarcan del resto adquieran un grado de autonomía con respecto a sus propietarios que roza lo inquietante.

 

Tendemos a ver los objetos como una colección de apuntes semióticos sobre aquellos que los poseen. Dentro de esta idea, un objeto no es nada en sí mismo. No dice nada por sí solo. Es poniéndolo en relación con otros objetos que pertenecen a una misma persona que un objeto es capaz de contribuir a diseñar la identidad  de un individuo. Catroptophilia se desentiende también de esta semiótica del objeto al elegir estratégica y conscientemente dos objetos que no están al alcance de todos. No estamos ante un espejo cualquiera, como tampoco estamos ante un iPhone cualquiera. Si el primero debe su incalculable valor a su condición única y aristocrática, adquiriendo la plusvalía simbólica de una historia que se remonta siglos atrás en el tiempo, el segundo aumenta su valor precisamente gracias a lo cuantificable de un precio de venta exorbitado. Sin embargo, el teléfono más caro del mundo dista mucho de poder competir con un espejo que fue creado para reflejar el rostro de Nefertiti. Mientras que el espejo es inseparable de su propietaria, el iPhone 4 Elite es un dispositivo que dedica su esfuerzo a diferenciar unos usuarios de otros. La distancia histórica entre ambos objetos instaura una considerable diferencia: mientras uno está definido por la concreción de su propietario, el otro contribuye al estatus social de un propietario potencial que se quiere desmarcar de la marca que está comprando. Así mismo, la imagen especular, es una imagen que no circula, que no se distribuye. La imagen del espejo empieza y termina en el mismo lugar. La imagen producida por un iPhone es una imagen que nace para ser puesta en circulación, que surge para desaparecer por la indiferencia del exceso.

 

Como  cuenta la hipnótica voz de Catoptrophilia, ambos objetos tienen un denominador común: la conversión en imagen de los elementos minerales al ser manipulados por el hombre. La presunta inmaterialidad de la imagen se vuelve un argumento engañoso al ocultar los procesos materiales derivados del abastecimiento de recursos minerales basado en un sistema esclavista que, como los objetos que produce, sufre continuas metamorfosis. Con respecto a la imagen también existen ciertos privilegios y preferencias, siendo la clase dominante aquel segmento aventajado de población que ha podido acceder a la creación de su propia imagen y que ha participado en la representación de un mundo que existe, ante todo, como imagen de sí mismo. Rozando lo profético del castigo, aparece una represalia por parte de esta imagen idólatra. Y es que, así como Narciso muere ahogado intentando tocar su reflejo en las aguas del río, aquellos que producen su propia imagen terminan siendo dominados por ella dentro de una maquinaria que cierra así un círculo esclavista que comienza con la extracción de minerales por parte de aquellos que han sido excluidos del radio de representación de la imagen. Esclavos de un producto que nos regala una imagen que prescinde de nosotros, los intentos de sublevación son escasos y no impiden que el rostro desaparezca detrás de la máscara y que la máscara pese demasiado como para ser retirada.

 

Sorprende en Catoptrophilia la solemnidad de un relato audiovisual en el que, teniendo en cuenta el tema de fondo, muchos artistas optarían por estrategias de denuncia cercanas a una estética documental. La profunda dependencia de la imagen –también de nuestra estructura de comunicación en red- con respecto a los recursos minerales es algo que se obvia en la mayor parte de análisis que se centran en la hegemonía de lo visual dentro de nuestra cultura. Una cultura que produce imágenes pero que no enseña a mirar.  La imagen es como una empresa: oculta los procesos de explotación humana y del medio que la hacen posible gracias a la tramposa pulcritud de su apariencia. Estirando la perversión de la estructura representacional propuesta por Catoptrophilia, nada queda fuera del proceso de explotación. Ni siquiera una denuncia del mismo por la dependencia de ésta con respecto a unos dispositivos tecnológicos que derivan de la obtención y manipulación mineral. Si estar en el mundo pasa irremediablemente por producir imagen, en consecuencia estar en el mundo pasar por participar forzosamente de la estructura económica que la sostiene y permite su desarrollo.

 

Es quizás por ello que Catoptrophilia engrandece los dos objetos que la protagonizan -el espejo de Nefertiti y el iPhone 4 Elite-, dentro de un espacio que funciona en sí mismo como un altar compartido. El enaltecimiento aquí no es una estrategia para una parodia entendida desde el exceso. Produce el efecto contrario: una nueva subyugación ante dos objetos que exhiben su autonomía con respecto a aquel que los produce y a aquel que los utiliza. Al considerar las funciones del objeto más allá de su funcionalidad, Catoptrophilia nos sitúa en un espacio sin tiempo al que acuden diferentes civilizaciones y épocas históricas en una experiencia contemplativa en la que la posición del espectador pasa también por la del súbdito. Y en la que la única sublevación efectiva sería una rebelión contra aquellos objetos que, como la imagen, no nos pertenecen porque hace mucho que nos abandonaron al apropiarse de nosotros.

 

 

 

 

 

 

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