APNEA #3 Conversación con Ángel Calvo Ulloa

Angel Calvo Ullloa

 

SFP    Me gustaría empezar, como se dice, por el principio, aunque igual no todas las cosas tienen un principio fácil de localizar.  A pesar de que nos hemos conocido mucho más tarde, ambos seguramente compartimos situaciones parecidas en el pasado por nuestro lugar de origen, Galicia. Como el hecho de haber estudiado en la misma universidad en tiempos diferentes, transitado la misma ciudad y, ya en el presente, escribir sobre arte y comisariar exposiciones. Recuerdo que durante mis años de universidad yo no sabía lo que era un comisario del arte y que la figura del crítico estaba atravesada por una actitud un tanto decimonónica. En una ciudad como Santiago de Compostela es relativamente sencillo quedarse atrapado en el pasado. De hecho, mi inclinación hacia el arte era una actitud en pretérito, hacia Egipto y Grecia. Es más, mi opinión sobre el arte contemporáneo se parecía considerablemente a la opinión generalizada que existe sobre él: que era fraude. Todavía me río al pensar en esto. En mi caso descubrí lo que era un comisario de arte en Barcelona, bastantes años después. ¿Cómo descubriste tú la figura del comisario y cuándo supiste que querías trabajar con arte contemporáneo?

 

ACU   Estoy seguro de que nos cruzamos más veces de las que nos podamos imaginar, pero por supuesto no teníamos por aquel entonces mucho que contarnos. O sí, y no lo sabíamos.

 

Un buen ejemplo de lo perdidos que solemos estar todos durante la etapa universitaria es que no os conocí ni a ti ni a Juan Canela durante la carrera. Ambos estabais varios cursos por encima, pero es extraño no haber coincidido nunca. De hecho, ¿os conocisteis Juan y tú en Santiago o tuvisteis que ir a conoceros a Barcelona?

 

Dices que en Santiago es relativamente sencillo quedarse atrapado en el pasado y,  sin embargo, creo que la culpa fue tan nuestra como de los profesores. Es cierto que en esa facultad todo lo que suena a siglo XX lleva un gran neón de PELIGRO encima, pero también es cierto que a escasos trescientos metros de aquel mismo lugar, se han programado algunas de las exposiciones más importantes que ha visto pasar el Estado en los últimos veinte años.

 

El CGAC sí que programaba grandes exposiciones, seguramente mejores exposiciones que cualquier ciudad española de menos de cien mil habitantes. Han pasado grandes comisarios, artistas y críticos y, sin embargo, hemos permanecido de espaldas a todo esto. No sé a quién culpar.

 

Yo empecé a interesarme por el arte contemporáneo varios años después de empezar la carrera. De hecho, en los primeros años, académicamente, todo me daba igual. Dediqué mucho tiempo a cosas más interesantes como la música o los fanzines.

 

Yo supe que esto me interesaba gracias a mi hermano. Nuestra casa está llena de libros y él ha sido el responsable de su pasión y la mía. La facultad no me contó nada de lo que se estaba haciendo en el momento en que veíamos esas fotos ya amarillentas de happenings e instalaciones. El CGAC y el MARCO te ponían los pies en el suelo. Antes de ayer y pasado mañana, una exposición realizada por David Barro en el MACUF en 2009 fue el inicio de mi actividad profesional. Comencé a trabajar con David Garabal en el montaje de esta exposición y me encontré con que todos aquellos pintores -Martin Kippenberger, Imi Knoebel, Günter Förg, Herbert Brandl, Katharina Grosse…- eran para mi unos completos desconocidos y sin embargo, echando un ojo al catálogo, eran la historia del arte en la segunda mitad del siglo. Aquello sí que me gustaba. Y organizar también me gustaba, básicamente porque me he pasado de los quince a los treinta organizando conciertos y demás historias. Me gusta esa autodenominación de Harold Szeeman como “organizador de exposiciones” en vez de “comisario”. Lo hace más cercano, da la sensación de que los comisarios nos manchamos las manos trabajando y eso me gusta; porque es cierto.

 

SFP    No sé si Juan y yo vinimos a Barcelona para conocernos (risas) pero, efectivamente, lo hicimos aquí cuando él era tutor de la Sala d’Art Jove en 2011. Yo conocía a algunos de los artistas de la convocatoria de ese año y, aunque ya sabía cuáles eran las funciones de un comisario, sentía que se me quedaba grande la cosa, no tanto por la supuesta teoría que inocula un comisario, sino por la parte de trabajo con otras personas. El hecho de hacerlo lo suficientemente bien tras haber involucrado las ganas, energías, sentimientos y expectativas de más personas dentro de un proyecto. De todas maneras, el hecho de que Juan y yo no nos conociésemos en Santiago también pudo estar condicionado porque yo pasé un poco sobrevolando por la Universidad de Santiago. En cuanto vi la oportunidad, me fui de Erasmus a Roma y, no contenta con una experiencia considerablemente frustrante,  me fuí de nuevo al año siguiente- sin pasar por Santiago- a Valencia con una beca Séneca. El último año, de nuevo en Santiago, las personas de la facultad con las que pasaba la mayor parte de mi tiempo, ya no estaban interesadas en el arte contemporáneo. De hecho casi todos ellos terminaron estudiando otras cosas mientras yo planeaba mi siguiente mudanza, esta vez a Barcelona con motivo de un doctorado que confirmó el descrédito que ya se venía gestando en mí sobre un conocimiento academizado más próximo a un cadáver que a un organismo vivo.
A riesgo de que esto parezca una reunión de antiguos alumnos, como ya sabes, mi interés por el arte contemporáneo surgió gracias a un profesor que -creo- ambos tuvimos. El único que, además de proyectar diapositivas a oscuras, hablaba con pasión de aquello que tenía que enseñarnos.Y el que menos olía a naftalina. Fue él quien nos instigó al ir al CGAC y a sus inauguraciones, alegando que si no nos gustaba lo que veíamos, al menos saldríamos cenados  del museo. El MARCO lo conocí estando en Barcelona, a través de un catálogo sobre una exposición sobre sonido y arte que habia tenido lugar allí. Como descubrí que en el CGAC, mientras yo asistía religiosamente a unas clases soporíferas, estaban trabajando cuestiones -la cultura de club, por ejemplo-  que me interesarían años más tarde. Siendo honestos, el CGAC yo lo usaba como subterfugio contra la lluvia y como espacio para conversaciones con amigos ya que no cobraban entrada. No recuerdo nada que me haya impactado allí dentro. Quizás no estaba muy atenta a mi coetaneidad de tan enfrascada que estaba con la contemporaneidad desde la posición anacrónica del historiador. Veo que la música nos une, aunque nuestros gustos no se parezcan en nada. Por ejemplo, como nunca he hecho ninguno, un fanzine me impone muchísimo respeto. Ahora que lo pienso nosotros nos conocimos con una publicación de por medio, Diálogos Improbables, y con el mail como primera toma de contacto, lo cual no es muy original en este presente tan textual en el que vivimos. ¿Tu primer proyecto personal trabajando con artistas fue una exposición?

 

Con respecto a Harald Szeeman, tengo mis dudas en cuanto a su autodenominación como organizador de exposiciones. Él representa el arquetipo del comisario, aunque sea uno que seguramente se manchase las manos y que no duermiese bien a causa del estrés. Quizás estoy influenciada por su fetichización historiográfica y por el documental de Jeff Cornelis de su documenta en 1972, película que, sin emitir muchas opiniones a través del narrador externo, desmitifica uno de los hitos del arte contemporáneo: la documenta 5. Y lo hace en presente, aunque nosotros la veamos décadas más tarde. Supongo que también se trata de rehabitar palabras y conceptos y empezar a sentir que organizar es mucho más que altas dosis de trabajo burocrático, al mismo tiempo que comisariar es mucho más que escribir textos posmodernos que sirvan como salvoconducto intelectual para aquel que trabaja con obras realizadas por otros y una gran cantidad capital emocional. Te ha pasado eso de conocer a otro comisario y pensar “es así como quiero trabajar yo”? Más allá de la evidente influencia de Misha, quiero decir. Se me hace muy excepcional una familia (gallega) donde hay un artista y, además, un comisario. ¿Nunca quisiste ser artista?

 

ACU    Da igual de donde sea la familia, tener dos hijos que se dedican a esto es un mal trago en Galicia o en Calcuta. En nuestro caso al contar con un hermano mayor con una profesión seria y remunerada, ya poco quedaba que demostrar. Por otra parte, Misha allanó bastante el camino y yo ya no tuve que pelear mucho. Con lo de Szeeman te veo muy informada, yo no lo estoy tanto, pero he de decir que a día de hoy me sigue interesando mucho la figura de este individuo y tengo bastante claro que aunque en ocasiones el tiempo convierta un buen trabajo en un ejemplo incuestionable, en el súmmum del ejercicio curatorial, uno siempre tiene que dejar un lugar para la desconfianza, sin cargar a Szeeman ni a nadie con ese peso que supondría una carrera intachable. Dice Bukowski que la especie humana lo exagera todo: a sus héroes, a sus enemigos, su importancia.

 

Con respecto a eso de que comisariar es mucho más que escribir, con lo cual estoy totalmente de acuerdo, veo que en ocasiones depositamos en el texto todas nuestras esperanzas, aunque después todo eso sólo tenga significado para uno mismo. Por esa razón, y por un interés mayor por campos como la narrativa, el cine o la poesía, intento escribir para todos -para quienes lo lean con interés, eso por supuesto-. Espero que como mínimo eso lo pueda conseguir. También es esa la línea de comisarios que me interesan y aunque uno siempre comienza mirando en diferentes direcciones, creo que más que decir “es así como quiero trabajar yo”, al final uno comienza a construir su propio manual de trabajo en base a lo que le ha interesado de muchos comisarios. Lo de querer ser artista ya te lo contaré a ti personalmente y a quien lo quiera saber -y ahora vendría uno de esos iconos con un individuo amarillo guiñando un ojo-.

 

Volviendo a los años de Santiago, yo no me fui de Erasmus ni Séneca por pura dejadez. Hubiese estado muy bien para ver un poco de mundo un su momento, para aprender idiomas y, por supuesto, para sacarme algunas asignaturas sin pisar la facultad. Eso último me hubiese venido muy bien, ya que fui un estudiante nefasto, tanto en el instituto como en la universidad. Creo que terminé la carrera por respeto a mis padres y mira tú, al final ya no me imagino dedicándome a otra cosa. Con el doctorado empecé, pero sinceramente dudo mucho que algún día lo retome. No me siento cómodo.

 

Tú y yo nos conocimos por medio de Juan, con ese catálogo de Diálogos Improbables de por medio. Mi primer proyecto fue Un disparo de advertencia. Antes había trabajado en la organización de otras exposiciones, pero fue en Un disparo de advertencia cuando por primera vez sentí un proyecto como algo mío y de los artistas implicados.

 

Lo del CGAC vamos a dejarlo, lo teníamos demasiado cerca como para interesarnos por él. Por otra parte, a día diecinueve de marzo de 2015 siguen sin nombrar a un nuevo director.

 

SFP    No soy especialmente fan de Bukowski, pero respaldo esa idea dentro de una frase tan lacónica como potente. Escribiendo esto me doy cuenta de que estoy poniendo en práctica una desviación de mi norma particular sobre la escritura, pues te escribo desde la mesa de trabajo del estudio que comparto con varios artistas. Yo soy de las que piensan mejor en posiciones un poco extravagantes: sentada en el sofá y  con las piernas apoyadas en una mesa, en la mesa de la cocina o encima de una bici. En este último caso me tengo que conformar con monólogos interiores, pues pedalear y teclear no son compatibles de momento. Me cuesta mucho concentrarme en espacios que se presuponen idóneos para el trabajo o en silencio, como me cuesta estar atenta a lo que leo en bibliotecas. ¿Tú tienes alguna manía o particularidad en cuanto a tus hábitos de escritura? ¿Hay alguna situación que te haga pensar mejor o más ordenadamente? ¿Cómo te gusta más leer?

 

Siguiendo con la escritura me doy cuenta de que, así como no me cuesta sentir que un texto es mío, me cuesta afirmar que una exposición “es mía”. Y en ambos casos se trabaja con materiales que exceden la propia individualidad. O en ambos casos se habla de uno mismo a través de otros. Esto me recuerda, ya que estamos de arqueología académica, a la concepción que -parece ser- tenían los griegos de los sentimientos. No estaban dentro de uno, sino que existían permanentemente en suspensión exterior, pululando en el aire, a la espera de una presa. Una herencia de ello podrían ser expresiones como “ser invadido por la ira”. En nuestro caso, por el arte (risas, a falta de iconos). La cuestión del adjetivo posesivo con respecto a nuestra modalidad de producción artística, el comisariado, me lleva a la desesperante cuestión del estigma que pesa sobre el comisario. Cuestión de la que seguramente estás cansado a estas alturas. Sin ánimo de convertir esta conversación en terapia compartida abierta al público reconozco que yo, al principio, agachaba literalmente la cabeza y bajaba el tono de voz cuando decía que era comisaria, rol intermitente, porque no siempre estamos trabajando en proyectos expositivos o no siempre tenemos una actitud comisarial hacia el arte. Vergüenza o cierta culpabilidad, no sé cuál de los dos sentimientos es el que me invade con respecto a un leitmotiv que aparece de vez en cuando. A veces siento que el comisario parece tener que excusarse por trabajar a través de otros, cuando una de las metodologías de trabajo más celebradas desde el mundo del arte es el (re)apropiacionismo. Nos comentaba un día Raimundas Malasauskas que él no veía apenas diferencias en su manera de trabajar y la de un artista. En su caso es palpable, porque tiene un proceso de trabajo que yo no me siento capaz de definir aquí y ahora. Tengo sensaciones y no conceptos ordenados con respecto a su modus operandi. En arte, la muerte del autor flirtea continuamente con el estrépito del ego ¿Te preocupan ciertos estigmas que pesan sobre el comisariado? Y soy consciente de que la mejor manera de terminar con ciertas cosas es no hablar apenas de ellas.

 

ACU   Voy a empezar por el principio. En primer lugar, con respecto a la búsqueda de esos lugares de trabajo -lectura y escritura-, realmente puedo hacerlo casi en cualquier lugar. Creo que es más un ejercicio de adaptación que de especies de espacios. Por poner un ejemplo, hace exactamente diez meses, cuando vivía en Santiago, solía escribir en la biblioteca del CGAC y leer en casa, tirado en cama o en un sofá. Soy más de leer tumbado. En Madrid, aunque he intentado trabajar en bibliotecas, el lugar en el que me encuentro más cómodo es en mi casa. Eso me convierte algunos días en un ermitaño que apenas ve la luz del día y que se sienta y da vueltas por casa como un autómata. Creo que en realidad es el silencio lo que necesito tanto para leer como para escribir. También me he acostumbrado a llevar una libreta y un bolígrafo encima las veinticuatro horas, incluso cuando duermo, sigue ahí en la mesilla.

 

Con respecto al comisariado, si que es cierto que uno tiene dudas en ocasiones del momento en el que ya puede afirmar sin miedo que lo es. En este caso no es fácil marcar ese instante en el que dejas de no serlo a serlo. De hecho, creo que sigo bajando el volumen cuando alguien me lo pregunta, o lo refuerzo con la palabra crítica para que por lo menos suene a paquete básico. Tampoco creo que lejos de este reducido grupo al que pertenecemos, el resto de la humanidad tenga claro qué es lo que hacemos. Pero creo que en ese caso lo tienen peor los artistas, ya que se generan multitud de malentendidos en el momento en que pronuncian la palabra artistas, pintor o fotógrafo. Yo creo que tanto los artistas como nosotros deberíamos decir que somos escultores. Eso es. Con los escultores nadie tiene dudas. Bromas aparte, creo que un trabajo bien hecho, en nuestro campo, se justifica sin necesidad de bajar el volumen al pronunciar la palabra comisario. Entiendo lo que dice Malasauskas y no creo que esté fuera de lugar afirmarlo. Yo intento disponer, en primer lugar, del máximo tiempo posible. Me gusta trabajar con artistas a los que en un primer momento pueda decirles que todavía tenemos tiempo para hablar, para pensar y trabajar en un proyecto. No siempre es posible, ya que en muchas ocasiones dependemos de plazos administrativos y eso no suele tener en cuenta todas estas cosas. Por otra parte he de decir que celebro que alguien nos ponga fechas y plazos a cumplir, sino correríamos el riesgo de no definir jamás. Lo veo necesario.

 

No me siento dueño de una exposición, simplemente asumo ese papel de figura intermedia. Descubro más mi parte creativa, por decirlo de algún modo, cuando trabajo con proyectos como Diálogos Improbables, Un disparo de advertencia, Aprender a caer o Intertextual. En otros soy menos yo, existen una serie de condicionantes que no te permiten trabajar tan libre y eso a fin de cuentas es lo que uno busca y con lo que uno trabaja más cómodo.

 

Creo que aunque nos cueste levantar la voz para decirlo, somos comisarios en la misma medida en que el artista, tenga exposiciones a la vista o no, es artista para bien o para mal. No sólo somos comisarios el día del montaje, lo somos meses antes preparando el texto, definiendo los trabajos que irán incluidos en la exposición y manteniendo interminables conversaciones por skype o email con todos los agentes implicados en este proceso. El arte es un sistema digestivo capaz de convertir los impulsos criminales en detritus maravillosos. Tanto, que quienes los contemplan aspiran a producirlos. Pero se equivocan si piensan que pueden hacerlo evitándose el ardiente alimento, la impredecible y penosa digestión. Así lo ve José maría Parreño y a mi siempre me ha gustado esta cita porque la considero de un realismo que me provoca vértigo.

 

SFP    Apenas hace un rato retomé un libro de Raimundas que me recuerda mi incapacidad (y seguramente la de la mayoría de nosotros) para volver a una forma de lectura monógama, aquella que practicaba sin mucho esfuerzo antes de que internet se estableciese permanentemente en nuestra digestión del mundo.  Empezar un libro y terminarlo sin interferencias de otros textos. Al mismo tiempo que echo esto de menos, soy consciente de que este deseo proviene de una nostalgia por el pasado que es también uno de los síntomas de “hacerse mayor”. Que yo recuerde, el acto de pensar siempre ha sido una situación polígama en la que uno es incapaz de permanecer más de x minutos en la misma idea. Quizás internet sólo ha reforzado esta capacidad inestable del pensamiento desde un afuera en la que una situación introspectiva se convierte en una conducta de acceso a las ideas y sentimientos de otros. Volviendo al libro que retomé hoy pero que seguramente se verá de nuevo interrumpido por otros que también están a medias, Raimundas compara los textos en catálogos con una alarma de reloj olvidada en una bolsa dentro de la taquilla de un aeropuerto. Así como esa alarma no puede despertar a nadie ya que no hay nadie durmiendo en esa zona de un aeropuerto, el texto de un catálogo de arte es un texto escrito para no ser leído. Sin embargo, lo que en principio parece una tara, podría ser visto como una oportunidad para convertir esos textos mudos en una aventura. No sucede mucho, puesto que los textos de arte -ya sabes que a mí la palabra crítica me produce un poco de urticaria- son bastante homogéneos e impersonales. Por impersonales me refiero a ese tipo de texto que podría haber sido escrito por cualquiera, por tí, por mí, por tantos otros. Un texto que no identificas con la manera de pensar de nadie en concreto sino con una manera uniforme de pensar el arte que parece extraída de un generador automático de lugares comunes. Pero sin el sentido del humor de esos random art statement generators que son tan operativos en momentos de procrastinación.

 

Crítica y comisariado funcionan como un pack casi indivisible. No puedo evitar pensar en los yogures cuando escribo esto, en aquel “a mí me daban dos” de la publicidad. Silenciando las bromas un poco, David G. Torres decía que el comisariado es una forma de crítica desde el adentro. Al principio no estaba de acuerdo con esta idea, pues se supone que la crítica viene desde un afuera o, al menos, desde un perímetro diferente. Ahora mismo, mi opinión se distrae en un limbo indeciso.  Pero sí que empiezo a dudar de la autoridad de los textos críticos que ocupan un rol de superobservador ya que noto cómo me gustan más aquellos que insertan anécdotas personales de quien los escribe. En el fondo, no importa si son verídicas o no. Importa, como en la ficción, si son verosímiles y útiles en relación al discurso que las produce. He cambiado considerablemente en mi manera de escribir y no sólo porque ahora hablo en primera persona cuando antes lo rechazaba de lleno, sino por la evidencia explícita de algo que siempre me fascinó en otros. La ejemplificación de teorías o ideas a través de situaciones comunes o habituales, como cuando me explicaron el universal kantiano con el personaje de una película y apenas hicieron falta unos segundos para entender de qué se trataba algo que, como todo lo kantiano, produce pánico cognitivo. Escuchando a otros que, como nosotros, pertenecen al pack indivisible, algunas veces comentan que se sienten más críticos o más comisarios. ¿Cómo te sientes tú dentro de esta dualidad un tanto (auto)impuesta? ¿Piensas en un lector potencial cuándo escribes?

 

ACU    Yo escribo para el lector. Sé que tras leer tu propio texto veinte veces, el ritmo que adquiere te suena perfecto. Incluso me gustaría cambiar el texto por un archivo de audio y eso es algo que no tardaré en hacer. Me hablaron hace un tiempo de un audio a modo de visita guiada que Manuel Segade preparó para La Panera y no pude evitar sentir cierta envidia. Creo que es un formato muy generoso para con el espectador y al mismo tiempo, a los que jamás utilizaríamos un dispositivo de esos en una exposición, nos reconciliaría con ese formato  de recorrido.

 

A mi me ocurre lo mismo a la hora de utilizar la primera persona. Pienso: “¿Quién coño te crees?” y a veces doy vueltas y vueltas para evitarlo. Sin embargo es probable que sea también consecuencia de ese miedo a decir “soy comisario” o “soy crítico “. Yo me siento actualmente más comisario que crítico. No aspiro a hacer una crítica voraz como la de Arthur Cravan o Apollinaire y no creo que eso me convierta en un crítico más complaciente. Más que molestarme la crítica complaciente -que en realidad no me molesta porque yo lo soy bastante-. me molesta el que la crítica responda a intereses ajenos al propio trabajo del artista. No entiendo que un crítico se dedique a comentar lo que se le pide y lo haga siempre de un modo complaciente, sea lo que sea. En ese caso siempre he podido decidir y casi siempre me decanto por comentar lo que me parece destacable por lo positivo. También me he despachado a gusto otras veces, pero podría contarlas con los dedos de una mano. Considero que a priori hay que ser muy respetuoso con el trabajo del artista, aunque en ocasiones ese trabajo no te interese y si cargas contra algo, valorar las consecuencias. Detesto la crítica fanfarrona que tanto se estila en algunos sectores. La mofa cutre de patio de colegio a la que se suman muchos palmeros -y eso se ve a diario en Facebook- por el hecho de apoyar al fuerte. Porque apoyar al fuerte es más fácil.

 

No sé por qué cuento todo esto, o mejor dicho lo sé, pero podría habérmelo ahorrado. Sin embargo, es la 1:30 de la madrugada y llegué hace tres horas de Barcelona, por lo tanto no voy a borrarlo.

 

Con respecto a la lectura monógama a la que haces referencia, te diría que apenas leo información en internet. Que pierdo horas en redes sociales y buscando libros en papel en páginas de librerías de segunda mano. Sin embargo, encima de mi mesilla se apilan los libros ya empezados y, poco a poco, voy dándoles salida. Soy comprador compulsivo de información en papel y hace días, viendo una entrevista a Roberto Bolaño, me sentí reconfortado por el hecho de que él afirmaba que compraba gran cantidad de libros que sabía que jamás leería. Me sentí bien porque acostumbro a hacer eso e imagino que todos lo hacemos. Sin ir más lejos, vuelvo de Barcelona con un catálogo de Braco Dimitrijevic y otro de Blinky Palermo que casi me rompen la espalda.

 

Me parece acertado eso que dice Raimundas con respecto a los textos de los catálogos, aunque si lo piensas detenidamente, ¿quién se compra un catálogo? ¿y una revista de arte?. Los veo como herramientas que de un momento a otro serán abiertos y leídos. Hay que seguir publicando en papel y seguir escribiendo. Yo escribo como reto personal. Cada vez que empiezo un texto estoy convencido de que no seré capaz -y esto no lo digo por quedar de atormentado-, pero me invade una sensación de extrañeza con el medio. Me encantaría escribir algo que fuese leído por personas ajenas al mundo del arte, de hecho yo querría escribir como Félix Romeo o Ricardo Menéndez Salmón.

 

SFP    Reconozco que a veces leo crítica inglesa por morbo, artículos de The Guardian en su mayoría. Prensa generalista que es mejor que mucha prensa especializada aquí. Y, aunque ya sé que el cinismo está inscrito en el código genético inglés, no dejo de sorprenderme de los ataques feroces de la crítica (o más bien de los críticos) a los artistas. Inevitablemente pienso en cómo se sienten las personas que reciben esta artillería pesada del crítico reconvertido en francotirador del arte. Hay algo que me gusta, la falta de autocensura (o el simulacro de ella, al menos) por parte de quien escribe. Y hay algo que me molesta mucho, el papel secundario del contenido en un tipo de  crítico quiere establecer su superioridad intelectual por encima de todo. Que es algo en lo que es relativamente fácil caer si no se tienen en cuenta sentimientos ajenos. Es por ello que a veces creo que es más fácil escribir sobre artistas muy célebres, porque tu texto no va a ser leído por ellos. Los posibles receptores del mensaje son otros, los que sí pueden llegar a leerte.. Y ellos no se van a incomodar porque encuentres contradicciones o talones de aquiles en gente con la que ninguno de nosotros se tomará un café. Aunque yo soy de las que creen que para escribir un texto hay que olvidarse de que alguien lo leerá. Como aquí, ahora, en este entre nosotros en diferido. O de las que piensan “quién va a leer crítica de arte pudiendo leer ciencia-ficción, ver películas o mirar videos de John Oliver en Youtube”. La pretensión de diferencia es algo que es común a todos aquellos que trabajamos en arte, sea produciendo obras, exposiciones o textos. ¿Qué sentido tiene añadir otro texto más al mundo, uno que nace sintiéndose diferente pero que, en el fondo, es como tantos otros?

 

Alguna vez he escuchado que se puede hacer crítica no escribiendo sobre algo, desde la indiferencia, la falta de atención o el silencio. Me parece cobarde en algunos casos, como muy necesario en otros.  Desde hace  tiempo noto que he empezado a rechazar ese tipo de discursos que están siempre a la contra y no a favor de algo. Al principio son emocionantes, luego se vuelven muy cansinos. Me recuerdan a esa facción de los straight edge que, de tanto repudiar las drogas o el alcohol en el mundo, seguramente vivían pensando en ellas obsesiva y permanentemente. Hablando de discursos, ya que con ellos trabajamos, me estoy imaginando  que un discurso es algo hecho de una sustancia elástica y que nuestra acción sobre el mismo es manual y táctil, manipulándolo literalmente en busca de la forma perfecta. ¿Qué forma le darías a tu discurso? Ahora que lo pienso, qué palabra más fea: ¡discurso! De repetirla tanto en mi cabeza ha dejado de tener sentido. Supongo que eso le ha pasado a muchos discursos en arte, que de tan reiterativos, ya no significan nada. ¿Qué discurso artístico te gusta más a tí? Y soy consciente de que quizás parece una pregunta con trampa, después de haber aplicado la categoría “feo” para la palabra discurso. Me refería a la palabra, no a los posibles significados de la misma (aunque también) (risas)

 

El otro día, comiendo juntos, me comentabas, con tu característica bolsa llena de libros, que compras alguno casi a diario. ¿Qué libro te has comprado hoy? ¿Cuál te comprarías mañana? ¿Y dentro de un año? ¿Qué libro, de los que tienes, sabes que no leerás nunca?

 

ACU    Yo no suelo leer crítica en medios ingleses. De todos modos, no creo que ellos jueguen en la misma liga. Su prensa es voraz porque igual de voraz es su medio. Nosotros no tenemos a un Damien Hirst ni a una Tracey Emin o a unos hermanos Chapman. Esa gente, dirigidos por un complejo entramado, han llegado a una cúspide que en su país es una dura carrera de obstáculos. Aquí todo se aligera. Si la cúspide es menos sustanciosa, la carrera de obstáculos es, por consiguiente, menos cruel.

 

Aquí podemos ver como se pone a parir a Miquel Barceló o a Santiago Sierra, pero ¿es mejor la crítica cuando es tan voraz? Yo no lo creo. A alguien podría resultarle extraño leer esto, pero yo no creo que tengamos entre las manos algo tan importante como para atacarnos en base a algo que a la gran parte de la población ni le va ni le viene. Deberíamos salir más de nuestro círculo, hablar con nuestros amigos de la infancia y descubrir que somos comisarios o críticos de igual modo que el resto es abogado, obrero de la construcción o agricultor. Con esto no quiero decir que no le dé importancia a lo que hago. Todo lo contrario. Yo dedico, como seguramente tú también, más horas a esto de las que jamás cobraré. No me importa lo más mínimo porque sé que están empleadas en algo que me satisface.

Con respecto a mi discurso, intento ser fiel a unos principios que vienen  de atrás. Cuestiones que pueden tener su origen en lo político. Yo no busco ser el centro de ningún discurso, busco trabajar con gente con la que pueda compartir más que una exposición. Eso me limita a la hora de hacerlo, pero prefiero ser fiel a esos principios. No planteo un discurso cerrado, no se trata de contar algo e ilustrarlo con el trabajo de nadie. Cada artistas aporta su visión y completa una inquietud que yo he planteado en un principio. En ocasiones es el propio artista el que plantea algo y yo me esfuerzo por aportar ese punto de vista externo.

 

No sé si es una buena respuesta, pero yo siento que comisariar es dejar al descubierto una parte muy importante de cada uno. Cualquiera podría descubrir cuales son mis miedos o mis intereses en base a los textos que he escrito o las exposiciones que he organizado. Busco una implicación del público y al mismo tiempo estoy dispuesto a ofrecerle las claves que yo creo necesarias para entrar de lleno en la exposición. Pero no creo que debamos dar algo a cambio de nada. No se trata de convencer a alguien de algo de lo que probablemente ni nosotros estemos seguros.

 

El pasado miércoles en tu casa cargaba dos grandes libros. Siempre intento ir cargado de libros a los sitios y dejar algunos de mis proyectos a gente que considero le interesarán. Contigo siempre hago intercambios y eso creo que es vital. El jueves por la noche me enteré de la muerte del poeta portugués Helberto Helder y no pude evitar ir a buscar algún libro suyo. Los pasos en torno comienza así… Si yo quisiera, enloquecería. Ayer me enteré de la muerte de Tomas Tranströmer. Supongo que es más fácil morirse cuando estás en paz contigo mismo. Por eso siempre se mueren los que no deberían morir nunca. Sobre mi mesilla están actualmente Roberto Bolaño y Rodrigo Rey Rosa. El pasado mes lo dediqué a Houellebecq, pero sinceramente me cansa. Mañana probablemente me compre La piedra y el centro, de José Ángel Valente, que encargué la semana pasada y de momento voy a intentar dejar de comprar libros durante unos días. Hace meses me compré un tomo con toda la poesía de Jorge Oteiza, que dudo que algún día termine pero, como tantos otros, es un libro de consulta. Lo mismo me pasa con El Artesano, de Richard Sennet o con Rayuela de Cortázar. Los empiezo y nunca los termino.

 

SFP    Yo no me refería tanto a una crítica mordaz cuyo principal objetivo sea deleitarse en la génesis de una guerra en la que el contrincante no puede defenderse, sino en la puesta en duda de ese modelo que parece basarse en un resumen descriptivo con insertos teóricos poco audaces. Me pregunto si se puede escribir sobre arte de otra manera, usando la ficción o estableciendo conexiones que no sean una repetición de lugares comunes. Escribir sobre arte siendo escritor y no crítico de arte. Pero tampoco quiero empezar otro capítulo de la crítica de arte en tiempos de reseñas porque esto no llevaría a un festival de bostezos ¿Has escrito ficción alguna vez? ¿Te gustaría hacerlo? ¿Crees que es la capacidad para escribir ficción lo que define a un escritor? He de reconocer que mi incapacidad actual para escribir ficción es algo que hace que no pueda definirme como escritora, aunque me pase la mayor parte del tiempo tecleando delante del ordenador.

 

Aunque nuestras lecturas son bastante diferentes, tu mención a Valente me recuerda que de adolescente me compré un libro suyo, que está en casa de mis padres y que, por tanto, será de esos libros que uno compra para no leer y que tienen que conformarse con una función decorativa. A mí Houellebecq también me cansa, aunque no escriba mal. Cuando salió El mapa y el territorio, secundado por la promesa de ser un libro que por fin se acercaba al arte contemporáneo “de verdad”, corrí en su búsqueda y captura.  El resultado: otra novela más perpetuando el sueño americano del arte, de la bohemia sin calefacción a las noches de champán y caviar. La falta de arte contemporáneo en la literatura es una constante. De esto ya ha hablado Martí Manen en numerosas ocasiones. De hecho, recuerdo una obra de teatro de Harold Pinter en la que un personaje era galerista y esta aparición tangencial me emocionó, sobre todo teniendo en cuenta que había sido escrita en los años 70. El ámbito anglosajón es diferente en muchos aspectos de nuestro, también en su introducción del arte dentro de los relatos de ficción. Una pequeña maravilla  que no sé si conoces es The Family Fang. Acabo de poner el título en google (para confirmar que no lo he escrito al revés, pues tiendo a decir “The Fang Family”) y he descubierto que se está haciendo la película. Con Nicole Kidman de protagonista, nada más y nada menos… No se me ocurre mejor compañero que tú para verla en cines. Podemos usarla como excusa para vernos de nuevo en un futuro próximo. En vez de ir a Madrid con el pretexto de Arco (donde uno no va a Madrid sino a empacharse en Arco, siendo muy recomendable una visita al Prado como antibiótico) o de alguna exposición, te propongo algo tan normal -pero cada vez más excepcional- como ir al cine. Eso sí, tienes que buscar una sala que sea en versión original porque los doblajes me producen urticaria, a excepción de Mundo Viejuno de Muchachada Nui. ¿Eres de los que todavía va al cine?

 

ACU    Ayer fui al cine a ver Pride, una comedia inglesa que me gustó. Hay que ver de todo y hay que reírse cuanto más mejor. Por otra parte, los británicos haciendo comedia son buenos. Podrían incluso llegar a compararse con Berlanga. En Madrid suelo ir al Cine Doré y en Santiago al Cineclube. En Santiago nos quedamos sin cines en el centro y hasta la apertura de Numax hace un par de semanas había que irse a un centro comercial -algo a lo que me niego-. En Lalín pasamos de tener un cine que cubría en la medida de lo posible las necesidades de un pueblo de veinte mil habitantes y de golpe el ayuntamiento permitió que se cerrase y que dos grandes centros comerciales abrieran en torno a doce salas que por supuesto a día de hoy están cerradas. Con todo esto quiero dejar claro que me apunto esa película para cuando vengas o vaya y la vemos juntos. Yo suelo ir a los Golem -no creo que pase nada por hacerles publicidad- porque son baratos y las ponen subtituladas.

 

Con respecto a la presencia del arte contemporáneo en la literatura, estoy empezando a creer que nosotros siempre estamos más o menos al tanto de lo que se hace en literatura, en cine o en música, pero los del cine, la música o la literatura suelen tener un cacao bastante importante en tema arte. Ese es el problema de dedicarse a algo de lo que por desgracia todo el mundo opina. En literatura es más difícil, porque hay que leer, pero en arte es muy simple: entras al museo con el resoplido instalado, miras hacia todas partes con cara de burla y te marchas emitiendo un juicio.

 

Ya que hablas de Martí Manen, me gustó leer Contarlo todo sin saber como porque en realidad sí que es cierto que en literatura el arte contemporáneo se trata de un modo un tanto peregrino. Habría que destacar que Kassel no invita a la lógica, de Vila-Matas, me parece de lo mejor, pero si que es cierto que él ya parte de ese supuesto desconocimiento y entonces el acercamiento que hace es muy respetuoso. Con El mapa y el territorio no llego a entender si Houellebecq está de broma o si en verdad se cree que mezclar esas pocas ganas de vivir con el ser el chichi de una marca de neumáticos resulta serio.

 

Hablabas de esa crítica que echa mano del mira cuánto sé y he de decir que al principio me seducía ese modo de escribir e incluso me frustraba el pensar que yo jamás sabré tanto. Con el tiempo empezó a darme igual, ya que descubrí que algunos echan mano de la misma fórmula semana tras semana. Ahora intento ir a mi paso y mi manera de escribir pretende ser totalmente inteligible. Esa técnica de autobombo pasó de seducirme a resultarme indiferente y actualmente me resulta vomitiva. Volviendo a algo más serio, deberías recuperar el libro de Valente.

 

SFP    La poesía era algo que leía de adolescente con esas ínfulas del intelectual precoz que cree que puede llegar a saberlo todo con unos cuantos libros y unas cuantas resacas. Quizás hacerse mayor es darse cuenta de que cada vez uno sabe menos o de que hay demasiado por saber (y por no saber también). Pero ya que sacas la poesía a palestra, me gustaba especialmente un poema de Wisława Szymborska que decía “Morir, eso no se le hace a un gato / Porque qué puede hacer un gato en un piso vacío”. También otro que empezaba diciendo “Soy un ansiolítico”. Ambos muy contemporáneos y pertinentes a día de hoy. Si es que queda algún lector a estas alturas de nuestra conversación sin áreas de descanso, mi última pregunta se relaciona con el deseo y el futuro inmediato. ¿Qué te gustaría que ocurriese mañana?

 

ACU   

Escoita, mai, voltei.

                     Estou no adro

       onde aquel día o grande corpo

de meu abó ficou.

Inda oio o pranto.

Voltei. Nunca partira.

Alongarme somente foi o xeito

de ficar para sempre.*

 

Es un poema de Valente. Paul Celan veía la poesía como eso, como una especie de regreso a casa.Yo lo haré mañana miércoles. Gracias por estas horas de atención.

 

 

 

*Escucha, madre, he vuelto.

                           Estoy en el atrio

donde aquel día el gran cuerpo

de mi abuelo quedó.

Aún oigo el llanto.

Volví. Nunca había partido.

Alejarme tan sólo fue el modo

de quedar para siempre.

 

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  1. Mariano Mayer
    01 | 04 | 2015 .

    ¡alta charla!